Opinión

Avanzamos, en el
mismo lugar

La paciencia se agota cuando los resultados son insuficientes y nos encontramos con el continuo “ya merito” del crecimiento. Sobre todo cuando el avance es inequitativo y las cifras dejan de reflejar la desesperación de muchas familias que apenas sobreviven. Los estrategas del mundo en general están volteando hacia los pobres, más que por una razón de justicia, por dos razones pragmáticas: estabilidad social y la caída del mercado interno. La pregunta es qué se está haciendo en México.

Por décadas, el país se ha desenvuelto en contextos de crisis, ajustes para salir de ellas e incertidumbre internacional. Por el momento han sido incapaces de situar una agenda propia con un modelo sostenible de desarrollo. Más aún, los impactos son totalmente injustos; en tanto, las grandes empresas se preocupan por definir a dónde dirigir su capital, los pequeños negocios y los trabajadores están angustiados por la subsistencia.

En particular, después de la crisis financiera de 2008 los analistas “pesimistas” decían que el mundo saldría del atolladero hasta diez años después; ahora ya se cumplieron los primeros cinco y el final está lejano. La perspectiva sigue siendo literalmente la misma, cuando menos en el corto plazo; los mercados se mueven en el ámbito de la volatilidad y buscan despegar anclados al suelo.

Las declaraciones de los funcionaros mexicanos rayan en lo cómico. Anuncian que las reformas generarán un crecimiento del PIB; sin embargo, advierten que podrá haber descalabros financieros… algo así como: “Vamos a mejorar, o lo mejor no.”

Se habla con frecuencia de un blindaje, pero éste es básicamente en el ámbito macroeconómico y está lejos de cubrir las variables reales, como son la producción y el empleo. En este sentido, hay un pequeño detalle: “las personas no comen estabilidad.”

Esta paradoja se vio reflejada la semana pasada con el aumento de la calificación crediticia de México, mientras los niveles de confianza de los consumidores cayeron. Una cosa muy diferente es una deuda soberana con solvencia financiera y otra que los agentes económicos estén convencidos.

Existe una tensa calma. Las tasas de interés han venido bajando con una inflación al alza, mientras el tipo de cambio tiembla ante cualquier circunstancia de incertidumbre. Si bien las cuentas externas están en orden y las reservas internacionales son lo suficientemente altas, las mismas autoridades monetarias advierten de posibles descalabros.

Es cierto que hoy por hoy se percibe lejana una crisis interna, si la comparamos con naciones como Argentina o Venezuela; empero, ese no debería ser el punto de referencia después de la apuesta a la globalización y el libre mercado. Es un hecho que hay una lastimosa mediocridad en los resultados

Por si fuera poco, en nada alienta la violencia que se mantiene presente y provoca la ingobernabilidad de regiones del país.

Las reformas son sólo una parte del rompecabezas que implica la política económica; es simplista pensar que con ellas todo cambiará.