Opinión

Avanza reforma fiscal

    
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Apenas de regreso de Asia, el presidente  Trump reanudó  su rutina tuitera, ahora para calificar su gira de “exitosa” y atacar a la prensa.

Con 51 votos a favor y 49 en contra, a las dos de la mañana del sábado quedó aprobada en el Senado la reforma fiscal promovida por Donald Trump. El 16 de noviembre la Cámara de Representantes había concluido su propia versión. Aunque existe la posibilidad de que ellos den por bueno el documento de quinientas páginas tal y como pasó en el Senado, lo más probable, dadas las diferencias que persisten, es que senadores y representantes, reunidos en conferencia, busquen llegar a un texto único, que luego tendría que ser votado en definitiva en ambos lados del Capitolio.

Aunque suena complicado, parece que el presidente Trump podrá tener su reforma en los próximos días, para entregarla a los ciudadanos como un gran regalo de Navidad.

Sería un éxito importante porque se materializa una de las promesas torales que hizo en campaña y además porque contrasta con los años que tardó el expresidente Ronald Reagan para hacer su reforma fiscal y con la parálisis legislativa con que los republicanos castigaron durante ocho años al exmandatario Barack Obama.

Con las tácticas de negociación que acostumbra, más por el lado de las presiones y el juego rudo que de las promesas, Trump acabó convenciendo al importante grupo de republicanos preocupados por los efectos de la reforma sobre el déficit fiscal y la deuda. Sabiendo desde el principio que los 46 demócratas y los dos independientes irían en contra, el reto era ganar la voluntad de al menos dos de los cinco miembros de su partido que rechazaban el proyecto: Lisa Murkowski, Susan Collins, Jeff Flake, John McCain y Bob Corker. Al final sólo este último, que ya había anunciado que no buscará la relección, decidió en sentido negativo.

McCain, que en 2001 y 2003 se opuso terminantemente al recorte de impuestos que impulsaba George W. Bush, y que ha sido el principal opositor de Trump dentro del partido, hizo una insólita declaración: “Después de pensarlo y considerarlo cuidadosamente, he decidido apoyar el proyecto fiscal del Senado.Creo que esta legislación, aunque esté lejos de ser perfecta, fomentará la competencia de Estados Unidos, fortalecerá la economía y brindará un largamente aplazado alivio fiscal a las familias de clase media.Tomo en serio la preocupación que algunos de mis colegas senadores han manifestado acerca del impacto de esta ley en el déficit. Sin embargo, es claro que su efecto neto en nuestra economía será positivo”.

ARDUAS NEGOCIACIONES
Hábilmente, el líder de la mayoría republicana en el Senado, Mitch McConnell, dejó que los disidentes creyeran que sería incluido un artículo que preveía que, de crecer el déficit más allá de cierto límite, automáticamente se dispararía un incremento de impuestos. Luego de que, con esa garantía, aceptaron otros cambios, les salió con que las reglas parlamentarias prohíben ese tipo de mecanismos.

A otros, como el senador Flake, les ofreció su apoyo para encontrar una salida al problema de los dreamers, los menores de edad que ingresaron a Estados Unidos ilegalmente, llevados por sus padres. Trump derogó el programa DACA, establecido por Obama, y los congresistas tienen hasta marzo para encontrar una solución y evitar la deportación masiva. En realidad, los líderes republicanos y la Casa Blanca trabajan desde hace semanas en un proyecto para darles, bajo muchas condiciones, protección permanente.

Con sus buenas maneras, el vicepresidente Mike Pence, que tiene voto de calidad en el Senado, también fue amarrando apoyos. A los más reticentes, como Ron Johnson, los llevaron a la Oficina Oval para que fuera el mismo presidente el que los persuadiera.

Con un montón de enmiendas, el resultado será un sistema fiscal más bizantino que el actual. Los que se oponen a la reforma la presentan como una irresponsabilidad fiscal extrema, que amenaza el futuro económico de su nación. La ven como un engaño, una concesión a las grandes corporaciones, que beneficiará a los millonarios y acabará perjudicando a las clases trabajadoras.

En cambio, los que la defienden la muestran como la fórmula para que su país sea 'grande otra vez'. Para que prosperen sus empresas, se multipliquen los empleos, aumenten los sueldos. Steven Mnuchin, secretario del Tesoro, ha llegado a afirmar que el estímulo que la reforma dará al crecimiento no sólo permitirá compensar la caída en la recaudación, sino que alcanzará hasta para pagar deuda. Como quiera que sea, habrá grandes repercusiones.

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