Opinión

Autonomía del Estado

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Nuevo logo del Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos (Inai).

La quiebra del viejo régimen ocurrió en relativa calma. Para quienes la hemos vivido, esta frase no suena cierta, pero si comparamos con los derrumbes de otros regímenes, ya sea en otros momentos de México, o en otros países, creo que sí podemos calificar este caso como relativamente calmado. Tuvimos un momento muy complicado a partir de 1994, y luego lo hemos tenido desde 2008. En ambos casos hay crimen organizado, subversión, corrupción, pero nada de eso es nuevo.
Lo diferente es que el Estado que controlaba estaba desapareciendo.

En 1994 vivimos un año terrible, que terminó con una crisis económica que ocupó todo el año siguiente. Si desde 1986 el sistema político se encaminaba al fin de régimen, en 1995 era claro que había llegado el momento, y había que elegir cómo darle sepultura. El camino fue la creación de instituciones autónomas, algo que había iniciado muy a medias en el gobierno anterior, con la creación de la CNDH, la Comisión de Competencia y la autonomía del Banco de México, todo ello como resultado del TLCAN. Justo antes de la crisis económica, por fin la Suprema Corte de Justicia se hizo independiente.

En 1996 se acuerda un organismo autónomo para vigilar el fin de régimen, el IFE. Hacia 1999, la CNDH se convierte en realmente autónoma, y aparece lo que hoy es la Auditoría Superior de la Federación. Ya en este siglo, la comisión de Competencia mejora su estatus, y son autónomos el INEGI, el Instituto Federal de Telecomunicaciones, Coneval, el INEE, y el ahora Inai. No dudo que me falte alguno.

Es decir que lo que hicimos desde 1997 fue tratar de reducir el poder del Estado, no solo sometiendo al presidente a control por parte del Congreso y la SCJN, sino quitándole control de temas económicos y de información. La caída de la piedra angular del viejo régimen, el presidente, provocó el ascenso de los demás: dos o tres líderes sindicales, un puñado de muy grandes empresarios, alguna universidad pública, pero sobre todo los gobernadores.

Y es que lo que faltó durante todo este proceso fue la sociedad, y fue así porque no existía como tal. Las décadas corporativas no pasaron sin dejar huella. Una corporación, para funcionar, requiere que las bases deleguen su capacidad de decisión en los líderes, para que éstos negocien en su nombre, obtengan y repartan. Los mexicanos aprendieron en el siglo XX que su papel era “callar y obedecer”, y que siempre había un líder que resolvía las cosas. En su propio beneficio, pero también salpicaba.

Por eso, todavía hoy, hay quien busca respuestas en el presidente, que ya no tiene poder alguno. Por eso hay quien cree que todo cambiaría si en ese puesto estuviese alguien diferente. Por eso andan buscando un padre que les resuelva la vida, y hay candidatos que eso ofrecen.

Los primeros destellos de sociedad organizada fuera del corporativismo creo que pueden fecharse en los años noventa. Pero me parece que tenían nexos demasiado cercanos con partidos políticos, y por ello muchas organizaciones fueron cooptadas por ellos, o perdieron ímpetu. Creo que es ya en este nuevo régimen, especialmente en lo que va de este siglo, que empezamos a tener, propiamente hablando, organizaciones de la sociedad civil. La tardanza de éstas ha permitido que una parte no menor de los organismos autónomos sea capturada por los partidos políticos. Y ésa, creo, es la batalla que sigue.

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