Opinión

Autodefensas y amor rural

Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil leyó la noticia del día: 450 autodefensas encabezados por Estanislao Beltrán rindieron protesta como policías de la Fuerza Rural. El comisionado Alfredo Castillo entregó uniformes azules y armamento. En el acto solemne de toda solemnidad se oyó el Himno Nacional Mexicano y los nuevos rurales honraron el lábaro patrio. Alfredo Castillo informó que su comisión ha recibido 3 mil solicitudes para formar parte de la nueva fuerza policiaca.

No todo fue Karo sobre All Bran (miel sobre hojuelas). El autodefensa Mireles echaba fuego por la boca en una entrevista realizada por Sanjuana Martínez y publicada en su periódico La Jornada: “Si Castillo nos agrede a nosotros es que el cabrón también es templario. Si no nos deja entrar a Morelia, Zamora, Lázaro Cárdenas, es porque también es parte de los criminales y porque tiene algún compromiso con el crimen organizado”.

Gil se encuentra perdido en un laberinto de confusiones, oh, sí, las acusaciones (ciones-ciones) de Mireles son graves: “Esos, Los Viagras, El Cinco, Papá Pitufo son esos cabrones que andan con Castillo. En un tiempo, Papa Pitufo y Los Viagras fueron de La Familia; en otro tiempo, de La Tuta. Incluso tengo informes de que El Burro, el jefe tapadito de todos ellos, era el que le llevaba el dinero a La Tuta”.

Más espumarajos por la boca: “La gente sabe que este grupo de El Cinco, El Papá Pitufo, Los Viagra y El Burro, son el nuevo cártel H3, puros ex Templarios, ex Familia, ex cártel de Jalisco”. Diantres. Supongamos que Mireles miente porque ha sido involucrado por las autoridades en la muerte de cinco personas y está que trina; aun así, todo está enredado, por no decir podrido. Todos armados, todos con cuentas pendientes, todos con una venganza en el alma, todos bajo sospecha, en fon.

Días antes de la entrevista con Sanjuana Martínez, Mireles estaba de buen humor, radiante, con el corazón abierto de par en par. En una conversación con Laura Castellanos aparecida en su periódico El Universal, Mireles le contó a la reportera de su nuevo amor: una joven que acaba de cumplir los 18 años a quien le dice La Niña. Gamés caminó sobre la duela de cedro blanco y meditó: también en los ranchos hay lolitas, caramba. A sus diecisiete años, ella fue el misterioso quinto pasajero sin identidad cuando la avioneta en que viajaba Mireles se vino abajo. Cuenta Castellanos que Mireles contesta una llamada en su celular con una sonrisa y dice: “Quería que fueran por ti para darte lo que me pediste: un beso, dos abrazos y dos mordidas”. Ah, l’amour fou.

A los 55 años de su edad, Mireles, hombre bragado, mju, de 55 años, ha puesto a retozar al gato.

Mireles cuenta que en noviembre de 2011, después de durísimos días de guerra, el autodefensa regreso a Tepalcatepec y le ordenó a sus escoltas que nadie lo molestara durante su descanso. Al despertar, le informaron que una joven quería verlo. La Niña quería hablar con él de cosas personales. Luego de una larga plática, cuenta Castellanos, se quitaron las máscaras del pudor y se declararon su recíproca atracción: “Pa no hacer larga la historia, terminamos dándonos un beso bien sabroso, de esos que yo tenía más de 20 años que no recibía”. Gil cantó con emoción: “Tu párvula boca que siendo tan niña me enseñó a pecar”. Caracho, el músico-poeta, ni más ni menos.

¿Alguno de ustedes podría informarle a Gamés en qué año estamos? ¿1892? ¿Acaso dentro de una novela Luis G. Inclán y el jefe de los hermanos de la hoja?, ¿o quizá en un relato de Manuel Payno? Todo es muy raro. O más bien en los principios de la revolución y en un capítulo breve de Los de abajo.

A Gil le va a dar algo: “Todos los días íbamos a cenar al ranchillo, pero no cenábamos ni madres. Hasta que un día su papá, don Toño, me reclamó: ‘Oiga, pues se la lleva a cenar, pero siempre regresa con hambre’. Don Toño, es que yo le doy puros taquitos de aire rellenos de amor”. Esta imagen de cinema verité podría y debería llamarse una vez más Allá en el rancho grande.

El relato de Mireles deprimió muchísimo a Gil. Ustedes no lo pueden ver, pero se encuentra postrado en el mullido sillón. Mireles, policías rurales, La Niña, Papá Pitufo, Los viagra. No somos nada.

La máxima de Mark Twain espetó dentro del ático: “Nada necesita tanto una reforma como las costumbres ajenas”.

Gil s’en va