Opinión

Autocrítica para detener el populismo

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Andrés Manuel López Obrador dijo en su mensaje en Facebook que se encontraba al final de una gira por 13 municipios de Zacatecas. (Tomada de Facebook oficial)

El presidente Peña Nieto no ofreció en su mensaje -después de entregar su Tercer Informe- las necesarias definiciones de gobierno para superar la compleja situación social, económica, política e internacional del estado que guarda actualmente la nación. Dedicó la parte más extensa al autoelogio y el final, el que mejor queda en la memoria de los destinatarios, a advertir el peligro que entraña el populismo en la elección presidencial de 2018.

Tanto Peña Nieto como Ricardo Anaya, dirigente nacional del PAN, han lanzado duros adjetivos al populismo. No es que el PAN tenga autoridad para hacer esa crítica, pero cuando sale de un priista es como si escupiera al cielo.

El populismo, en su acepción más amplia, es la apropiación simbólica del pueblo para gobernar en su nombre, por supuesto, no con el pueblo. Nacionalismo revolucionario, nacionalismo económico, presidencialismo, fueron términos cercanos al populismo del que el PRI se valió durante décadas para legitimar su poder dedicado, no faltaba más, a la justicia y la democracia.

Hoy el PRI ya no habla ni de justicia ni de nacionalismo, y menos revolucionario. ¡Vamos!, ni siquiera habla de soberanía. El neoliberalismo ha cambiado muchas cosas, incluyendo el lenguaje oficial y de partido. Ahora se habla de eficiencia, competitividad y de contar con méritos individuales para subirse al tren del progreso.

Sólo que ese tren no avanza ni cabe todo mundo en él. Es más chico y lento de lo que debería ser, entre otras causas porque al liberalizar el comercio y las finanzas, privatizar bancos y cientos de paraestatales como adaptaciones a la economía global, se mantuvo la corrupción en el otorgamiento de privilegios.

El balance de los intentos adaptativos a la economía global y a las exigencias libertarias de la sociedad mexicana sin duda favorece la restauración del populismo, que puede presentarse en modalidad de derecha, de izquierda, civil o inclusive militar.

Son ya muchos años de desánimo y descrédito social durante los cuales se ha perdido soberanía económica y política ante el mundo; el crecimiento de la economía se ha vuelto desesperante y causa de que se empobrezcan el empleo y el ingreso; la protección de intereses impide la innovación y el cambio tecnológico y distorsiona la competencia; la inseguridad pública se ha desbordado y la consecuencia cada día más evidente es que se ha perdido confianza en las instituciones y en los gobernantes.

El gobierno tiene más información que la mayoría de nosotros y está evidentemente preocupado por la posibilidad de que el estado que guarda la nación mexicana concrete la posibilidad de que López Obrador llegue a la presidencia de la República en 2018.

La crítica a la “amenaza del populismo” tendría que traducirse en autocrítica del gobierno a su incapacidad para generar un ingrediente esencial de la gobernabilidad, como son las expectativas sociales en que a futuro las cosas pueden estar mejor. El impedimento más eficaz a la restauración del populismo es un gobierno que recupere la confianza social.

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