Opinión

Atrévase a desear en 2014


 
Cuando paso temporadas largas en México, como suele suceder cuando termina el año, tengo una inmersión en una sociedad en la cual pasé los primeros dos tercios de mi vida. Aún llevando mucho tiempo fuera, soy 100 por ciento mexicano y siento que tengo la enorme fortuna de poder ver a mi país con la objetividad que se construye a partir de la perspectiva que permite la distancia y el desapego emocional que el tiempo concede.
 
 
Siempre encuentro sorpresas positivas y negativas. Empezando por estas últimas, me preocupa en sobremanera la debilidad del Estado de derecho en México y la paupérrima impartición de justicia. Después del robo reciente a la casa de mi mamá, quien tiene 90 años de edad, cuando fue a declarar al Ministerio Público, no querían tomarle declaración si no “aceitaba” al MP; en otro caso de un pariente cercano, el MP hubiera tomado declaración, si tan sólo hubiera estado remotamente sobrio. Ministerios Públicos y cortes en México son una vergüenza y un lastre tangible que imposibilitará el desarrollo real del país. Esto se refleja incluso en casos más complejos en los que se escucha de un ejemplo tras otro de procesos judiciales que se han vuelto una especie de grotesca y descarada subasta al mejor postor. 
 
 
Es difícil encontrar a alguien en México que crea en el “mexican moment” o que crea en el potencial de las reformas logradas, que desde fuera del país parecen históricas y que potencialmente cambiarían el rumbo económico en forma determinante. El escepticismo carece de argumentos claros. Se critica, por ejemplo, la privatización de Telmex como un ejemplo de lo que podría pasar con la reforma energética, sin verse que esta última no es una privatización, Pemex seguirá siendo estatal, y en el extremo sería absurdo afirmar que Telmex estaría hoy mejor en manos públicas, a pesar de las claras deficiencias que tuvo su proceso de privatización. A la gente se le olvidan los años que antes teníamos que esperar por una línea telefónica, y las “mordidas” implícitas para obtenerla.
 
 
Me parece que en el caso de Telmex-Slim y en muchos otros hay una buena dosis de envidia del éxito que un pequeño grupo de multimillonarios mexicanos ha logrado. Ciertamente, hay muchos casos en los que se abusó del sistema o se tuvieron condiciones monopólicas u oligopólicas de las que se sacó provecho. Pero, también hay muchos casos de gente que hizo fortunas “a la antigüita”: trabajando, emprendiendo, arriesgando… sudando. Pero, estoy convencido de que hay muchos que ante la disyuntiva de prosperar en lo personal o de ver fracasar al exitoso, optarían por esta última alternativa.
 
 
Habiendo dicho lo anterior, me preocupa en sobremanera la falta de empresarios en México. Las nuevas generaciones parecen cada vez más interesadas en jugar con el sistema y utilizarlo en su beneficio que en generar ideas y desarrollarlas. Ciertamente, hay honrosísimas excepciones pero, en general, la enorme desigualdad en México ha producido una clase pudiente extraordinariamente “entitled” (no encuentro traducción del inglés de este término que quiere decir que uno crea que merece cosas). Esa clase social que ha recibido educación y que ha sido a todas luces privilegiada está crecientemente más preocupada por el “pre-copeo” que por hacer una diferencia en su país. Una proporción alarmante de éstos ya se dieron por vencidos y simplemente buscan oportunidades fuera de México. Sus papás, en demasiados casos, engendran monstruos al proveer dinero sin límite, choferes, guardaespaldas, etcétera. México se aleja cada día más de ser una meritocracia y peligrosamente está alimentando un esquema social plutocrático que puede generar conflictos sociales.
 
 
Me sorprende también la dogmatización del debate en México, particularmente entre la izquierda. En estos días he oído y leído a pseudo-intelectuales defender aspectos indefendibles de la CNTE, de la Venezuela de Chávez, del pobre discurso Lópezobradorista, del históricamente fallido EZLN, etcétera. Es como si la posibilidad de crítica a éstos, por tenue que sea, equivaliera a traición. No me sorprende que haya una retórica extrema, lo que me preocupa es que haya tan pocas voces defendiendo el contrapunto. Es como si ser de izquierda fuese el prerrequisito esencial para poder tener la “licencia” de ser intelectual o artista. Por ello, admiro más a las pocas voces que se atreven: Carlos Elizondo, Luis de la Calle, Enrique Krauze y algunos otros.
 
 
Pero también hay incontables aspectos positivos de México. Como ejemplo, a pesar del caos siempre a flor de piel, la ciudad de México se ha vuelto, sin duda, una de las grandes capitales del mundo. Su oferta cultural compite internacionalmente con quien sea. Se han rescatado espacios urbanos –Condesa, Roma, Juárez, e incluso el corredor alrededor de Paseo de la Reforma- que están redefiniendo la identidad de una ciudad que ha recordado a la bicicleta como medio de transporte.
 
 
Hay una clase media creciente y pujante que parece dispuesta a luchar y exigir, hay enorme talento en busca de espacio. El potencial está todo ahí. Pero, sobre todo, hay una innegable calidad humana que se nota desde el taxista que espera a que una mujer entre a su casa antes de irse, o en quienes desinteresadamente ven por un vecino. La gente hace contacto, sonríe, dice “buenos días” al entrar en un ascensor. En una ciudad insegura, muchos se detienen a auxiliar a quien se le descompone el carro o está en problemas.
 
 
No me cabe duda de que México puede. Todos los elementos están presentes para lograrlo. Somos, a pesar de los pesares, una de las grandes economías del mundo y, sorprendentemente, muchos nos ven con más respeto del que tenemos por nosotros mismos. Tenemos empresas de clase mundial y se hacen logros sobresalientes, a pesar del viento en contra.
 
 
La única condición indispensable para que México aproveche la histórica oportunidad que se nos presenta es que nos tenemos que creer capaces de aprovecharla. Por eso, mi deseo para usted en este 2014 que nace, es que se atreva a desear, que se crea capaz de contribuir para el cambio, es más, que exija el cambio. Hay mucho más de positivo que de negativo en México, es importante abrir bien los ojos para verlo.