Opinión

Atractivos para la inversión en energía

En diciembre pasado Peter Tertzakian, economista en jefe de ARC Financial Corporation, una de las entidades financieras más grandes de Canadá en el sector energía, publicó en el diario The Globe and Mail de ese país lo que en su opinión son las diez razones por las que Canadá es el mejor destino para las inversiones en petróleo y gas, aún en el contexto actual de elevada volatilidad e incertidumbre en esos mercados. Aunque varios de sus argumentos son evidentes, no hay duda de que están en la mente de los tomadores de decisiones de las empresas petroleras internacionales y de las instituciones financieras que fondean esos proyectos. Ello que tiene especial relevancia para México a la luz de los primeros procesos de licitación en puerta en el marco de la reforma energética, sobre todo de los 14 campos de la Ronda Uno, y de los que vendrán durante 2015.

La primera razón que esgrime Tertzakian es la prevalencia del Estado de derecho (rule of law) que incluye no sólo el cumplimiento estricto de contratos entre gobiernos y empresas, así como entre empresas, sino también con los trabajadores y para la protección de los activos. Este es probablemente el ámbito en el que más cojea México y se vincula con la necesidad de una profunda reforma al sistema de justicia, lo que no se ve en el corto plazo; también con la certidumbre y transparencia en los procesos de licitación y por supuesto con la corrupción, aspecto que igual señala ese especialista. Mientras que Canadá se ubica en el lugar 10 del Índice Anual de Percepción de Corrupción de Transparencia Internacional, México se sitúa en el 103.

Otras razones que apunta, y en las que tenemos claras deficiencias, son: el atractivo de los regímenes fiscales, en el que México ha perdido competitividad en el régimen empresarial como resultado de la reforma de 2012, aunque habrá que ver cómo se negocian las condiciones fiscales en los contratos de exploración y producción de petróleo y gas; la transparencia y rigor de los esquemas de seguridad industrial y protección ambiental, en los que todavía estamos en pañales (o en proceso de construcción con la nueva agencia); el desarrollo de infraestructura en el sector (de transporte, almacenaje, conectividad de las redes de ductos, salidas al mercado, etcétera), que no permite “conectarse y jugar” (plug and play) a nuevos competidores, como ocurre en otros países; y la capacidad de adaptación e innovación ante los cambios (resiliencia), en la medida que el nuevo entorno del sector se creó sólo hace algunos meses, en comparación con más de 100 años en los países productores desarrollados.

En los ámbitos en los que México tendrá retos que afrontar, pero que cuenta con una base para desarrollarlos de manera relativamente rápida, están: la calificación de personal (Pemex dispone de un acervo importante de capital humano y sufrirá para retenerlo); recursos energéticos suficientes para generar economías de escala (con dificultades, pero México todavía se ubica como el décimo productor mundial y el décimo octavo en reservas probadas); y mercados de capitales abiertos que permiten el libre flujo de recursos financieros y en los que el país tiene “grado de inversión”.

Por último, ese autor señala a la “estabilidad política”. Si bien el deterioro en esa materia en los últimos meses ha sido evidente –de acuerdo con la encuesta GEA-ISA de diciembre, la percepción negativa de inseguridad y de la situación política se incrementó de manera sustancial, a la vez que disminuyó la aprobación presidencial— no estamos en los niveles de Libia o de Irak.

Está claro que México no puede avanzar en el corto plazo en mejorar todos esos factores o razones para invertir en el sector energético; sin embargo, en la medida que no se empiecen a instrumentar acciones de largo alcance para crear mejores condiciones en lo interno y en lo externo, la inversión no fluirá a los ritmos previstos. No hay que olvidar que estamos en un mundo que compite por esos recursos.

Twitter: @ruizfunes