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Donald Trump

Imagino que ya está usted de vacaciones o, si sigue trabajando, a un ritmo mucho menor al de siempre. Por lo mismo, lamento tener que comentarle que esta semana es particularmente importante en Estados Unidos y, por lo mismo, aquí. El tamaño de ese país, y la relación que tenemos con él, no permiten otra cosa.

Todo indica que mañana se votará la reforma fiscal, que es ahora un documento de más de 500 páginas, que se supone combina las dos iniciativas aprobadas en las últimas semanas en la Cámara de Representantes y el Senado. De manera general, porque los detalles no los he revisado lo suficiente, habrá una reducción de impuestos en el país vecino. Las empresas pasan de una tasa nominal de 35 a 21 por ciento, pero cambia la forma en que se calcula ese impuesto, que ahora estará en base geográfica: las empresas que están en Estados Unidos pagan ese impuesto. Las que están fuera, sólo pagan cuando venden a las primeras. Esto reduce la tasa efectiva en las empresas que ya están situadas en ese país (aunque no mucho), pero crea un fenómeno parecido al que se buscaba con el Border Adjustment Tax, que nunca prosperó por ir en contra de las reglas internacionales de comercio. Ya los ministros del ramo en los cinco países más grandes de la Unión Europea han dicho que, si eso ocurre, habrá guerra comercial.

Para las personas, los impuestos se reducen en todos los casos. Desde los más pobres hasta los más ricos pagarán menos, aunque estos últimos reciben más beneficios. Si personas y empresas pagan menos, y el gasto del gobierno estadounidense no se reduce (no hay ninguna indicación de que así sea), entonces habrá un mayor déficit. Esto implica mayor endeudamiento, pero también un mayor desbalance entre ahorro e inversión que, por obligación, terminará ajustándose con la cuenta corriente. Más claro: la reforma ampliará el déficit comercial de Estados Unidos. Y ya sabe usted que eso vuelve loco al inquilino de la Casa Blanca.

Con respecto a Trump, la investigación acerca de la relación entre su campaña y Rusia ha avanzado mucho, y todo indica que no sólo se han documentado reuniones entre los principales actores de la misma con los rusos, sino también de familiares cercanos a Trump, incluyendo a su hijo mayor y a su yerno preferido. La intervención rusa en la campaña ya se ha demostrado antes. Es de tal magnitud el nerviosismo en la Casa Blanca, que han iniciado una campaña de desprestigio contra el investigador especial, Robert Mueller, que algunos creen que busca reducir la probabilidad de que inicie el proceso de desafuero contra Trump, pero otros lo ven como el paso inmediato antes de la destitución de Mueller (aunque Trump dijo ayer que no piensa hacerlo).

Si bien el despido del anterior director del FBI, James Comey, no necesariamente podía entenderse como obstrucción a la justicia (eso es precisamente lo que Mueller tiene que probar), la destitución del investigador especial lo sería claramente. Es decir, una decisión de ese tamaño pondría a Trump en manos del Congreso, que debería proceder a desaforarlo. Pero el Congreso tiene mayoría republicana y muchos creen que el partido no actuaría en contra de su presidente. Hay que recordar que con Nixon sí lo hizo un Congreso con mayoría republicana. Por otra parte, el partido tenía como objetivo fundamental la reforma fiscal. Con ella en las manos, no parece que necesiten a Trump más tiempo. En enero entra el nuevo senador por Alabama, y las encuestas indican que hay una mayoría que quiere Congreso demócrata.

Para Trump, tal vez sea el momento de intentar envolverse en la bandera y con ello recuperar apoyo político. Atención con Corea del Norte. Mal fin de año.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter:
@macariomx

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