Opinión

Ataques de pánico

Laura sintió que se moría. Tuvo que orillar el auto porque no podía respirar. No sabía a quien llamar, le daba vergüenza sentir estas cosas y molestar a los demás. Estaba segura de que iba a darle un infarto o que algo horrible le pasaría. Se iba a morir sola en la mitad de la calle.

Logró recordar los ejercicios de respiración que el doctor le había enseñado. Tomó agua, un policía se acercó a ofrecerle ayuda. Por fin logró recuperar el aliento y la calma. Se fue a casa y no le llamó a nadie. Se sentía patética perdiendo el control de esa manera. Nadie debería saberlo.

A los 9 años su padre se fue de la casa, pero le dijeron que había tenido un accidente en un viaje. Su madre pensó que lo mejor era que Laura lo diera por muerto. Que eso era menos terrible que saberse abandonada. Lo terrible y casi insuperable durante años fue creer que su padre estaba muerto y recibir una llamada una mañana, el día de su cumpleaños 18. Un hombre con voz vagamente familiar le decía que era su papá y que por fin había logrado ponerse en contacto con ella, rompiendo el cerco de años. Su exmujer nunca le perdonó haber dejado de quererla y decidió desde el dolor y la rabia, desaparecerlo de la vida de su hija.

Desde que Laura nació, su padre la adoró. Le cambió pañales, se despertó todas las madrugadas a consolarla, la llevó a su primer día de escuela, le enseñó a chiflar en el estadio de futbol, intentaba hacerle trenzas, la llevaba al parque por las tardes.

Con la madre de Laura la relación ni siquiera era mala. La indiferencia los consumió muy rápido. Lo único que tenían en común era una hija. Por lo demás, nunca lograron entenderse ni ser realmente íntimos. Él decidió irse a España a trabajar, hablaría con Laura para explicarle que seguirían siendo padre e hija, que él la amaría siempre y que encontrarían la forma de viajar para verse.

La dejó de ver durante 9 años. Madre e hija desaparecieron antes de que él se fuera. Buscó a Laura durante todo ese tiempo. Después supo que ella creyó que estaba muerto y se resignó a no verla nunca más. Un día alguien la encontró y le dijo que vivía en una ciudad pequeña en el norte del país. La llamó. Laura lloró desconsolada durante horas. Se vieron por fin en medio de reclamos. Nunca había regresado por ella ni había luchado por recuperarla. No se lo perdonaría.

Hoy tiene 25 años. Reencontró a su padre y está intentando perdonar a su madre por haberla convertido en el medio para su venganza. Desde hace 4 años, la han diagnosticado con ataques de pánico. Varias veces al mes, estando en la oficina, en el coche o en una fiesta, siente que no puede respirar, que se va a morir. Ha tenido que abandonar la idea de que es algo controlable y comenzó a tomar una medicina que le ayuda cuando entra en crisis. Entendió también que había desarrollado un extraño síntoma poco después de saber que su padre estaba vivo. Creerlo muerto y escucharlo años después al teléfono la enloqueció.

Ha pensado que la vida es muy injusta. Ha tenido que lidiar con la reparación del abandono y de una mentira casi imperdonable. Se siente incapaz de confiar en ninguna persona, pero sabe que debe intentar pasar la página y buscar el sentido de una historia en la que no tuvo opinión. Dejó de intentar convencerse de que saldría adelante sola. Abandonó la omnipotencia y buscó ayuda médica y terapéutica. Muy lentamente, ha retomado la relación con sus padres. Por ella misma, porque los quiere a pesar de todo y porque sabe que no debe quedarse detenida en el tiempo. Quiere ser capaz de contar nuevas historias en las que nadie le miente ni la abandonan.

*Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. 
Conferencista en temas de salud mental.

Correo: valevillag@gmail.com

Twitter: @valevillag