Opinión

Aspectos jurídicos del proceso a Jesús

 
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Semana Santa. (Cuartiscuro/Archivo)

Víctor Manuel Pérez Valera.

El proceso a Jesús es uno de los temas que ha suscitado mucho interés en la vida de Jesús de Nazaret. Se han escrito decenas de libros por autores judíos, cristianos y de otras religiones; por filósofos, teólogos y juristas. En México se han escrito al menos una decena de libros sobre este tópico.

El interés por este proceso se debe a la opinión de que, buena parte del antisemitismo, se atribuye a la tesis de que el pueblo judío fue el culpable de la crucifixión de Jesús.

Las razones de las diversas interpretaciones de este proceso, se deben a las diferentes valoraciones de las fuentes, tanto bíblicas como extrabíblicas, y a que poseemos una información bastante fragmentaria sobre las condiciones judiciales en Judea, en los tiempos de Jesús, así como de los procedimientos del derecho romano en las provincias conquistadas.

El juicio a Jesús se tuvo en el sanedrín, que era el cuerpo supremo legislativo ejecutivo y judicial en los ámbitos civiles y criminales. Algunos autores como los hermanos Lémann, rabinos convertidos al catolicismo, encuentran más de veinte violaciones al proceso según el Ta
lmud, pero no es seguro que en tiempo de Jesucristo rigieran esas normas.

Alrededor de las tres de la mañana llegó Jesucristo al palacio de Anás, escoltado por los guardias del templo. Flavio Josefo describe a dos de los hijos Anás de modo muy negativo: Anás hijo es saduceo, rígido, insolente, otro de sus hijos era extremadamente ambicioso, atesoraba dinero, tenía servidumbres corruptos que recolectaban los diezmos por la fuerza. Otros escritos como el Talmud y de Flavio Josefo coinciden con estas apreciaciones y añaden que habían corrompido a los jueces. La familia de Anás era muy rica y dominaban lo que podríamos llamar el centro bancario y comercial del templo.

El sanedrín no tenía plazos fijos para reunirse. Generalmente eran convocados por el sumo sacerdote. Las reuniones se verificaban usualmente en el “salón de la piedra tallada” en la zona del templo, pero en este caso la reunión fue en casa de Caifás. Para que hubiera quórum bastaba con que asistieran 23 miembros de los 71.

Los milagros de Jesús muy probablemente no inquietaban al sanedrín, pero sí la reciente revivificación de Lázaro, que era conocido en Jerusalén. Con esa ocasión Caifás había dicho: ustedes no saben nada, es necesario que muera un hombre y que no perezca toda la nación. Se guiaba más por la política que por la ética, y además para él, el fin justificaba los medios. Caifás era hábil y astuto, logró mantenerse en el puesto de sumo sacerdote desde el año 18 al 36 de la era cristiana, y era muy condescendiente con las tropelías de los romanos contra la comunidad judía.

Aunque no hubiera habido en el juicio del Sanedrín ninguna falla procesal, la sentencia por el delito de blasfemia no era tan clara como para no provocar serias dudas.

¿Por qué llevar a Jesús ante Pilato? Los judíos no poseían el ius gladii. La acusación ante Pilato toma un caris político: alborota al pueblo, prohíbe pagar impuestos y se proclama rey. Después de un interrogatorio Pilato concluye que no encuentra en Jesús ningún delito. Envía el reo a Herodes para desembarazarse del asunto, pero aquel no asume ninguna decisión, lo toma como un rey de burlas.

La actitud de Pilato es torpe y cobarde, pero tiene como descargo el intentar la liberación del reo (abolitio) antes de la sentencia. El mismo Jesús considera menos culpable a Pilato que a los jefes de los judíos (Jn 19, 11).

A los enemigos de Jesús, les falto ecuanimidad, y no tuvieron una mirada más profunda del misterio de su personalidad, y por lo tanto, no se les puede acusar de deicidio, en sentido formal.

Jesús desde la cruz reza por el perdón de sus verdugos. No es que los exonere completamente de culpa, pero ofrece su perdón. Esta actitud debería ser también la de los cristianos.

Las dimensiones histórico-jurídicas que hemos esbozado, por importantes que sean, en el caso de Jesús son superficiales si no se considera la dimensión teológico-religiosa. Lo cual no es posible para los que no tienen esa fe.

Para los creyentes la pregunta sobre los culpables de la muerte de Jesús se convierte en una pregunta a nuestra propia conciencia.

Un notable jurista K. S. Bader escribió al respecto: “¿No buscamos demasiado la culpa por todas partes? Yo pienso que deberíamos declararnos culpables a nosotros mismos, pues el pecado es humano y no judío ni romano”.

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