Opinión

Así vamos... estamos destruyendo el ecosistema planetario

10 febrero 2014 4:17 Última actualización 03 octubre 2013 5:2

Juan Castaingts Teillery
Vivimos en el mundo entero procesos climatológicos catastróficos. El calentamiento de la Tierra está generando cambios climáticos que van más allá y mucho más rápido de lo previsto por los científicos. 
 
Los ciclones que nos azotan con fuerza inusitada; intensas inundaciones fuera de proporciones; sequías sin precedentes, veranos tórridos con incendios espeluznantes e inviernos suaves. Son claros síntomas que nos deberían poner a pensar.
 
Desde finales del Siglo XVIII (revolución industrial), la humanidad desató un uso creciente en forma exponencial, de diversas fuentes de energía y, el uso indiscriminado de la misma, ha sido la causa de profundas transformaciones al ecosistema terrestre. Las catástrofes que vivimos implican que posiblemente el hombre ha acabado con su ecosistema a una velocidad mucha más rápida de lo previsto.
 
Es indispensable que el ser humano elimine su vieja característica de ser depredador del ecosistema en que vive.
 
Lo excepcional se hace ordinario: altas temperaturas, incendios, resequedad de suelos y ríos y luego inundaciones y tempestades; en síntesis: una “meteorología salvaje”. Las repercusiones afectan a todos los niveles: sistema económico, uso de energía, modos de producción, medios de transporte, organización colectiva, comportamiento social y modos de vida individuales.
 
Los cambios climáticos ponen en juego todo el sistema nuclear. No sólo son peligrosos como lo demuestra el caso japonés, sino que aumentan en forma dañina las temperaturas climáticas y además, el agua de los ríos, que se creía más que suficiente para enfriar las centrales, ahora resulta insuficiente porque los ríos bajan peligrosamente su nivel, con lo cual los peligros aumentan significativamente y los desechos de agua de estas centrales aumentan en temperatura hasta llegar a sus límites. El recalentamiento de los ríos afecta negativamente a todo su entorno natural.
 
El gas y el petróleo de lutitas (Shell), al aumentar la disponibilidad de petróleo y gas y abaratarlo en cierta medida no hace sino acentuar el problema. Además su extracción es contaminante y derrochadora de agua. No es la solución sino un acrecentamiento del problema ya que además, retarda considerablemente el crecimiento de las energías no contaminantes.
 
Ahora, desde nuestro punto de vista, la lucha individual contra las altas temperaturas: aire acondicionado, ventiladores, etc., contribuyen aun más al recalentamiento de la atmósfera. El reimpulso de la economía contra la crisis, es fatídico.
 
El sistema capitalista tal y como lo conocemos actualmente, ya no puede seguir adelante. La civilización del automóvil individual, del uso cada vez más grande de energías petroleras y del carbón, del “úsese y tírese”, etc., está llegando simplemente a su fin mucho más rápido de lo esperado. Cada vez hay que hacer sistemas viales más costosos para la civilización del automóvil para lograr cada vez más resultados mediocres.
 
El 27 de septiembre conocimos un reporte científico dado por el Grupo Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) de la ONU. Sus análisis son terriblemente preocupantes. Según este reporte: a) la influencia de la actividad humana en el efecto invernadero, es muy importante e indiscutible; b) el calentamiento climático es inequívoco desde 1950 y se observan cambios sin precedentes desde hace mil años; hay un fuerte calentamiento del océano; los polos se deshielan; c) los mares incrementan su nivel desde el siglo XIX a una tasa superior a los dos milenios previos; d) las concentraciones de CO2, metano y otros elementos, llega a niveles sin precedente en los últimos 800 mil años;  e) las variaciones climáticas (sequías, inundaciones) se harán más pronunciadas.
 
De acuerdo a este reporte, la influencia negativa de la actividad humana comenzó en 1750 con la revolución industrial y el rápido crecimiento de la economía dependiente de las energías fósiles.
 
Lo que está sucediendo con el clima hoy día, es una advertencia clara: o cambiamos o el planeta se destruye con consecuencias catastróficas inimaginables.
 
Hacia los años setentas del siglo pasado, el denominado Club de Roma, por causas similares y distintas a la situación actual, había pregonado el crecimiento cero. Es decir, dejar de crecer e invertir no para tener más sino para tener una calidad de vida superior, se trata de aumentar lo cualitativo y no lo cuantitativo. Esto es terriblemente difícil, pero no hay otra alternativa para evitar que la catástrofe crezca. Tenemos que cambiar nuestro sistema y concepción del crecimiento.