Opinión

Así pasa cuando sucede

20 marzo 2013 6:54

Se elogian las actividades culturales cuando cristalizan empresarialmente, nunca cuando conducen a pérdidas monetarias. De allí que las apariciones marginales no sean tomadas en cuenta en los masivos medios de comunicación, como sí las audiencias multitudinarias de, digamos, Lady Gaga, aunque su papel en el escenario resuma, siempre, una mediana actuación. Lo que importa es decir cómo salió vestida, qué Armani llevó esta vez, qué calzones portaba, quién le hizo su peinado, qué zapatos eligió, con que show de luces apantalló a la gleba, cuántos minutos estuvo en el estrado con la misma ropa, qué canciones radiofónicas interpretó, cuál fue el aforo, cuántos millones se llevó a su hogar con la complacencia de sus fans.
Porque ahora se cree que es más importante hacer una canción que un poema, vaya uno a saber quién ha hecho creer que ahora es más trascendental cantar melodías pop que tallar una escultura en bronce, no sé a qué hora se dijo que ahora es más interesante copiar un reiterado ensayo bailable de Madonna que montar una compleja coreografía de Cecilia Appleton. Pero recuerdo muy bien cómo Guillermo Ochoa, un locutor de Televisa ya fallecido, “entrevistó” a un tenor preguntándole la razón por la cual no podía interpretar una canción como lo hace Vicente Fernández, e incluso le pidió que lo intentara, con resultados fallidos. Pero jamás, jamás, le pidió a Vicente Fernández que tratara de interpretar un aria de Verdi. Porque para el conductor era más importante lo primero que lo segundo, por supuesto.
Justamente la industria mediática es la que ha sometido a la población (mayoritariamente inleída, de ahí la facilidad con la que muerde el anzuelo) a estas azarosas equivalencias, basadas en valorar a los artistas no por sus cualidades creativas sino por sus bienes económicos. Por eso en las juntas empresariales se afirma que la cultura no vende. Y por lo tanto se la hace a un lado. Pero yo me pregunto: ¿los que aseguran con énfasis tal sentencia sabrán cuánto dinero invierten las grandes corporaciones discográficas para que las estaciones radiofónicas programen cotidianamente la música que producen, porque a final de cuentas no se incorpora a, digamos, Shakira en los diales de manera gratuita, ni porque sea una irrebatible compositora, ni porque sus canciones sean el hito de la finalidad del pop? Por ello, porque la empresa noticiosa no recibe un peso por difundir la noticia, no se cataloga jamás en ningún segmento la salida al mercado del nuevo libro del poeta que absorbió un par de años de su vida para poderlo escribir.
Por consiguiente, la renuncia de una directora de una —cualquiera— Feria del Libro carece, con justa razón, de importancia. (No es lo mismo enterarse de la renuncia del presidente del Oscar hollywoodense o de Enrique Iglesias de su discográfica, que a ambas notas se les daría un revuelo inusitado, como tampoco es lo mismo saber que un valioso periodista como Jaime Avilés sea expulsado de La Jornada por sus comentarios críticos que oír la revelación de las preferencias sexuales de un superficial locutor televisivo como Mauricio Clark, ¡a la que incluso Excélsior le dio un espacio en su portada, ignorando el anterior acontecimiento! Que Nubia Macías (¿y quién es Nubia Macías?) haya renunciado a la FIL de Guadalajara a pocos, por consiguiente, debe interesarles en realidad, aunque esta actividad, hay que reconocerlo, sea millonaria (¡más de 700 mil visitantes el año pasado!), con la cual se ha embutido muchísimo dinero un puñado de personas jaliscienses a nombre, ¡oh!, de la innombrada cultura, de esta cosa que, caray, no deja dinero, que debe borrarse, en consecuencia, del mapa de los medios informativos (ya no hay que decir mediáticos porque allí, sencillamente, no se halla).
¿Y no me estoy escandalosamente contradiciendo al decir, primero, que las actividades culturales son elogiadas cuando cristalizan empresarialmente, nunca cuando conducen a pérdidas monetarias? ¿Y no la FIL de Guadalajara es, a todas luces, un indicativo de lo primero? ¿Entonces? Sí, de acuerdo; pero, por favor, un momento: es, sí, una fiesta exitosa, pero no aún mediática. Todavía no hay “críticos” que nos vayan a decir quién viste bien y quién no, cuánta gente entra a tal o cual presentación, y cuánta borregada es arremolinada para hacer reventar tal salón y cuál abandonado a su suerte. Nadie nos ha dicho porqué no se da ni un quinto al premiado en periodismo cultural y sí varios millones al galardonado en literatura, aunque sea un plagiario, como ocurrió en 2012. Nadie nos ha dicho cómo se reparten los amigos el dinero, ni porqué se discriminan a unos periodistas para favorecer a otros en las invitaciones para cubrir sus actividades. Ni las razones por las cuales se les da más preferencia a los bestsellers que a los que no obtienen apoyos publicitarios. Ni nadie cuenta cómo hay editores que obligan a sus autores a vender cierta cantidad de libros políticos para hacer creer que son volúmenes exitosos. Nadie, pues, dice nada sobre la cultura de los libros en una feria de los libros, así como sí se dice, por ejemplo, todo sobre el Ariel: cuánto fue el costo, cómo va vestida Ana de la Reguera, cuánto cuesta una sonrisa de Diego Luna, cuánto una tanga —si es que la lleva, claro— de Susana Zabaleta.
¿Por qué entonces se va Nubia Macías, si sólo consiguió éxitos en su administración?, ¿si sólo compartió felicidad económica al exquisito Club Literario que la rodeaba?, ¿si ha sabido acomodar millones de pesos a las arcas de esa empresa cultural que nos ha demostrado, a todas luces, que es más famoso como autor literario el Hijo del Santo que Jis y Trino juntos? (Pero a ver, lector, hagamos una pausa: cierre los ojos y que se aparezca de súbito, sin consultar ninguna fuente, en su cabeza el rostro de Nubia Macías, así como se asoma el rostro en su cabeza de Julieta Venegas apenas la menciono.) ¿Por qué entonces se va, si sólo consiguió éxitos en su administración?
Porque. ¡ay!, vivimos en México. Y las cosas suceden porque así tienen que ocurrir. Tal como los acontecimientos en Atenco, que sucedieron porque así ocurrieron. Nadie pudo haberlos evitado. Nadie entonces pudo haber retenido, tampoco, a la directora de la FIL de Guadalajara porque su renuncia, obviamente por asuntos personales (un inesperado día amaneció incomodada por continuar ganando el rebosado dinero que ganaba después de una afanosa década), es irrevocable. Porque, ni modo, las cosas pasan exactamente así en el momento en que suceden, no antes.