Opinión

Asegurar la salud

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Clínica del ISSSTE. (Edgar López/Archivo)

Como veíamos, debe uno asegurar las cosas que son valiosas y que tienen una pequeña probabilidad de perderse. Entre lo material, hablamos de la casa y el auto, este segundo especialmente por el daño que puede hacer a otros, y en lo personal, de vida y salud. La primera, cuando uno tiene dependientes económicos; la segunda, precisamente sólo para las cosas que tienen una pequeña probabilidad de ocurrir.

Lo que debe uno asegurar en cuestión de salud son aquellas enfermedades o situaciones que son extremadamente costosas y poco probables. Es decir, no hay razón para asegurarse contra diarrea, gripa, dolor de cabeza, o esas decenas de fallitas que tenemos los humanos.

Pero hay enfermedades degenerativas, crónicas, de origen genético o simplemente accidentes, que no ocurren con frecuencia pero cuando lo hacen ponen en riesgo el patrimonio familiar. Por eso mismo les llaman a ese tipo de enfermedades “catastróficas”, porque es una catástrofe para la familia, que debe vender lo que tiene y endeudarse para hacer frente a la dolencia de uno de sus miembros.

Para estas enfermedades es que debe uno asegurarse. Lo puede uno hacer mediante seguros privados, que se llaman de gastos médicos mayores (por las razones ya expuestas), o mediante el Seguro Popular, que cubre una cantidad importante de esas enfermedades catastróficas. En ninguno de estos casos están cubiertos padecimientos menores, porque son menores y frecuentes, como hemos dicho.

Hace décadas, cuando el IMSS no estaba bajo inmensa presión financiera, había médicos familiares que atendían estas dolencias menores con rapidez y eficiencia. Creo que siguen existiendo, pero la rapidez y eficiencia ya no. Algo similar ocurre con el ISSSTE y otros sistemas más pequeños que hay de salud pública. El problema de estas instituciones es sencillo de describir: se les acabó el dinero. Las cuotas que se pagan nunca alcanzaron a cubrir las pensiones, ni se pensaron para porcentajes tan elevados de ancianos. Alguna vez se usó el dinero de las pensiones para cubrir el faltante en salud, ahora ya no alcanza para nada. Hacen lo que pueden.

Y aquí ocurre algo muy interesante. Las instituciones públicas de salud en México han ido concentrando sus esfuerzos precisamente en las enfermedades catastróficas, convirtiéndose en los hechos en instituciones de gastos médicos mayores. Por lo mismo, les es muy difícil cubrir los padecimientos menores, que se van saturando. Los usuarios deben pasar días enteros para tener una cita, o semanas esperando un quirófano. Y como nos enseñó Albert Hirschman hace años, la respuesta de los usuarios sigue el camino: salida, voz, lealtad. Los que pueden, se van de ese sistema. Los que no, pero tienen ánimo, se quejan y reclaman. Y los que no pueden irse ni tienen ánimo para pelear, simplemente aguantan.

Como usted sabe, los mercados resuelven los problemas con más eficiencia, y hubo quien percibió negocio en esa deficiencia de las instituciones públicas. Hace unos pocos años, algunas farmacias empezaron a ofrecer servicios de consultorio de primer contacto. Me parece que los primeros fueron los del Dr. Simi, pero ahora lo hacen muchos. El costo de la consulta varía de 20 a 50 pesos. Al que yo voy cuesta 30. Resuelven con rapidez y eficacia los padecimientos menores, sus farmacias venden, y las instituciones tienen menos presión.
No es una mala solución, que podría perfeccionarse con algunas decisiones del sector salud. Pero eso lo platicamos después.

Twitter: @macariomx

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