Opinión

¿Arte público o imposiciones gubernamentales?

   

Aunque se haya enfriado la controversia generada por el Guerrero Chimalli, obra monumental del escultor Sebastian, no quiero dejar pasar la oportunidad de remarcar el aspecto impositivo de las políticas de arte público en México, y este evento lo ilustra a la perfección. El Guerrero supuestamente será el ícono del municipio de Chimalhuacán, Estado de México, pero más bien pareciera un desproporcionado afán de grandeza, por parte del escultor, del presidente municipal, Telésforo García Carreón, y, por supuesto, del gobernador del Estado de México, Eruviel Ávila.

Sin licitación e incluso sin abrir un concurso nacional que hubiera generado una pluralidad de propuestas, el gobernador Ávila tomó el teléfono y así, en conversación informal, le comisionó al escultor Sebastián una obra que representará al municipio y que “casualmente” remite también a la iconografía del Movimiento Antorcha Nacional, grupo político de gran poder en el Estado de México, sobre todo en dicho municipio. El resultado fue un mastodonte de 870 toneladas y 60 metros de altura, cuyo costo rebasa 30 millones de pesos.

Según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política Social (Coneval), el 62.7% de la población del municipio de Chimalhuacán vive en pobreza. De acuerdo a cifras del INEGI y del Sistema Nacional de Seguridad Pública, el Estado de México es número uno del país en feminicidios, secuestro, homicidio y extorsión.

De cara a estas estadísticas, el flamante gobernador Ávila tiene el cinismo de declarar que dicho Guerrero Chimalli “protegerá a los habitantes de Chimalhuacán de la pobreza”.

Desafortunadamente, el problema no es la cantidad de dinero gastado, pues producir arte a escala monumental es bastante caro, sino que una vez más, las autoridades gubernamentales han hecho evidente su torpe manejo del arte como estrategia para consolidar una identidad local y renovar el paisaje urbano.

Si esos 30 millones de pesos se hubieran invertido en crear otro tipo de espacio público como un jardín escultórico, un teatro o foro al aire libre, una escuela de arte, becas; quizá un simposio que hablara sobre arte y violencia, y no en ese monumento a la megalomanía, la generación de movimiento cultural y artístico en la zona se incrementaría, tanto en oferta como en demanda, incluso se fortalecerían los lazos de la comunidad con su entorno urbano, que tanto necesitan los pobladores de ese estado de la República, que conviven entre la violencia y la precariedad. Además: ¿alguien preguntó y consideró el costo anual de mantenimiento del Guerrero, que se tendrá que cubrir a perpetuidad? Es decir, la escultura seguirá costando y costando y costando.

Son ya 200 las esculturas de Sebastian a lo largo del país, caprichos de gobernadores estatales, que invitando de primera mano a Sebastián destinan presupuestos millonarios del erario público. Siempre han existido los artistas oficiales que sirven al régimen en turno, y el caso del escultor chihuahuense no es distinto.

Semanas atrás hablábamos del performance de David Hammons sobre las bolas de nieve y del fenómeno de desmaterialización de la obra de arte; parece ridículo cómo los políticos insisten en caducados gestos grandilocuentes disfrazados de arte. El Guerrero Chimalli de Sebastian tristemente me recordó la frase de Eduardo Galeano, que retoma de Jorge Ibargüengoitia, “en nuestra cultura (mexicana) se confunde la grandeza con lo grandote”.