Opinión

Arte povera II

   

A los 43 normalistas, y a los que tienen la oportunidad de hacer una diferencia a través de la enseñanza, iluminando la vida de aquellos cuyo destino pareciera cancelado, les dedico esta cita de la novela autobiográfica de Albert Camus, El Primer Hombre, donde bellamente plasma la labor de un maestro en un contexto de adversidad:

En la clase del señor Germain (sus alumnos) sentían por primera vez que existían y que eran objeto de la más alta consideración: se los juzgaba dignos de descubrir el mundo.

György Korim, el personaje principal de la novela Guerra y Guerra del escritor húngaro László Krasznahorkai, encuentra un manuscrito anónimo que narra la historia de dos amigos que tratan de regresar a casa después de la guerra. En un pasaje de la historia, Korim observa hipnóticamente una estructura semiesférica hecha de tubos de aluminio y vidrio, en forma de iglú, pensando que sólo en esa frágil construcción los protagonistas del manuscrito podrían encontrar un refugio después de su dura travesía, resguardándose de la constante amenaza de una guerra futura. Korim observaba una pieza de Mario Merz, uno de los artistas povera más reconocido, su impronta fue la serie de iglús, estructuras que confrontan esa vuelta a las formas naturales y primigenias confrontadas con la cultura fallida o absurda, representada a través del lenguaje usando frases escritas en neón.

El primer iglú de Merz fue presentado en el emblemático año de 1968, Giap Igloo, construido de sacos de tierra a manera de fortaleza rodeado por una frase en neón que describe el absurdo de la guerra de Vietnam. Los iglús de Mario Merz operan en varios niveles metafóricos, son nidos, refugios primitivos, pero también espacios absolutos e intransitables que desafían el sitio de exhibición. Muestran una posición política al negar la verticalidad y su jerarquización intrínseca. La superficie curva hemisférica es neutral, pre-cultural, antes de la organización donde lo preponderante es sobrevivir, no dominar. Estos iglús nos hablan también del nomadismo, del perpetuo movimiento y el tiempo que de una manera oscura y cifrada son una celebración de la vida. Mario Merz murió el 9 de noviembre de 2003.

Durante el periodo de Posguerra (después de 1945), Europa se vio hundida en una gran crisis económica y fue dura su recuperación, es por ello que el arte europeo de este periodo tiende a ser más realista, de denuncia y crítica ante un sistema que sólo dejaba tras de sí destrucción y muerte.

“Un huracán que empuja todo irremediablemente hacia al futuro”, así describía Walter Benjamin al progreso; o como el filósofo francés Jules Régis Debray dijo: “nunca somos totalmente contemporáneos de nuestro presente”.

Los artistas poveras reaccionaron ante ese avance frenético de la modernidad, pues la incitación de ir siempre hacia adelante y a toda velocidad anulaba las experiencias subjetivas de localidad y memoria. El volver a lo simple de la sensación para revelar las más básicas premisas de la vida y lo humano, y así liberar nuestra memoria de las violentas sentencias históricas. Ése es uno de los legados que nos deja el arte Povera.