Opinión

Arte Povera, I

   

Cada herramienta es un arma
si la sostienes con firmeza.

Ani DiFranco

Conocemos bien el contexto sociopolítico mundial de la década de los 60: las luchas por los derechos civiles de minorías, el movimiento hippie, las protestas estudiantiles, la guerra en Vietnam, todo en medio de la Guerra Fría...

Durante la conmoción de esta atmósfera global de cambio y el fin de la posibilidad de creer en utopías, en Italia se gestaba un movimiento artístico que, a partir de la vivencia personal cotidiana en la recién inaugurada industrialización total del mundo, buscaba reintegrar lo natural y primario con la cultura edificada por el hombre.

En 1967, el curador y crítico Germano Celant denominó Arte Povera
(Arte Pobre) a esta nueva práctica donde los artistas utilizaban materiales poco convencionales y de bajo o nulo costo como tierra, madera, plantas, rocas, arena, carbón, cabello, con elementos industriales y manufacturados de vidrio, neón, acero, textiles casi siempre de deshecho, creando un contraste con el mundo tecnológico.

El término no es del todo creado por Celant, viene del Arte Pobre del dramaturgo polaco Jerzy Grotowski, que experimentaba escénicamente con los menores elementos posibles, siendo el actor el centro dramático. Pero transportado a las artes visuales, el Arte Povera se vuelve un enunciado que engloba toda una ideología y práctica política donde no hay fronteras entre el arte, la vida, la cultura y la naturaleza, existe un compromiso con el entorno y una fidelidad con la vida cotidiana.

Los artistas poveristas como Giovanni Anselmo, Alighiero Boetti, Jannis Kounellis, Mario Merz, entre otros, mostraban en sus obras un importante cuestionamiento ético sobre el papel del artista y cómo debía producirse el arte en ese momento de mediatización e industria de consumo. Ellos apostaban por un regreso a lo simple y original, replanteando la conducta del artista dentro de su entorno. Es por eso que el Arte Povera es un movimiento con gran carga política, pero en el sentido más básico de polis, que hace referencia a la acción humana en un ambiente, en la sociedad.

Curiosamente lo político no se muestra explícitamente en la obra, sino que se encuentra simbolizada en el diálogo de materiales naturales contra industriales, en el despertar la subjetividad a través de experiencias sensoriales y perceptuales, pero principalmente, acceder a la energía vital sin la necesidad de intermediarios intelectuales o históricos.

Mientras que en Norteamérica (Nueva York, básicamente) se celebraba la nueva sociedad de consumo con el estridente Pop Art, el triunfo de la racionalidad con el Arte Conceptual y la conquista de la síntesis del proceso industrial en el minimalismo; del otro lado del Atlántico, la postura del Arte Povera era muy distinta, renunciar a la promesa de la abundancia y el progreso, en oposición es un “arte pobre, comprometido con la contingencia, con el acontecimiento, con lo ahistórico, con el presente” (Germano Celant, Arte Povera. Apuntes para una guerrilla).