Opinión

Arte Feminista (1 de 3 partes)

15 mayo 2014 14:44
 

En el ensayo Why Have There Been No Great Women Artists? que publicó la historiadora Linda Nochlin en Art News en 1971, evidenció cómo en la historia del arte habíamos “aceptado” y tomado como un hecho natural la desigualdad de género en las prácticas artísticas.

Cuando se nos pregunta ¿por qué no ha habido grandes artistas mujeres?, nuestra primera reacción es forzar los límites de la memoria para lanzar nombres y asegurar que sí, en efecto, sí ha habido grandes mujeres artistas. Nochlin nos muestra que esa actitud avala un sistema opresor, que con algunos nombres se justifica el olvido de muchas, incluso su inexistencia: “al intentar responderla (la pregunta), refuerzan tácitamente sus implicaciones negativas”.

El texto de Linda Nochlin desvela un punto significativo que nos hace entender la politización de los movimientos artísticos de la segunda mitad del siglo XX. El Arte Feminista, en primer lugar, pone sobre la mesa el condicionamiento de la creación artística sobre las realidades sociales y económicas. Si no hay socialmente una igualdad entre hombres y mujeres, tampoco la habrá en el arte ni en sus instituciones.

El término feminismo se ha visto rodeado de clichés y malos entendidos históricos. Si bien sus orígenes pueden situarse en los movimientos sufragistas de Estados Unidos e Inglaterra del siglo XIX, también podemos encontrar acciones feministas en tiempos de la Revolución Francesa. Pero será en los años 60 del siglo XX, con autoras como Simone de Beauvoir (El segundo sexo), Betty Friedan (Mística de la feminidad), Susan Sontag, Rosalind Krauss, entre otras, cuando el movimiento feminista remonta, sobre todo, como una estrategia artística dedicada a tratar temas como la identidad, el cuerpo y la sexualidad, los roles sociales, la opresión, la justicia en los contextos sociales.

El feminismo, hace visible una realidad de discriminación a través de la acción: las manifestaciones públicas para reclamar un derecho, salir, decir, exigir, demandar. Es una actividad que requiere de una movilización física, mental, de la conciencia y, por supuesto, del status quo. Estas características, desplazadas a la dimensión artística, dan como resultado un arte de acción, donde el cuerpo, el cuerpo femenino (física y conceptualmente) se vuelve el actor principal, rompiendo con la norma, con tabús, estereotipos de belleza y género.

El arte feminista de la segunda mitad del siglo XX ,con exponentes como Ana Mendieta, Marina Abramovich, Cindy Sherman, Annette Messager, Jenny Holzer, Barbara Kruger, Yoko Ono, Louise Bourgeois, entre muchas más, es el parteaguas de un arte político que –a diferencia de los manifiestos de las vanguardias de principios del siglo XX – encarna una severa crítica al establishment, al orden institucional, desde la privacidad y la sensibilidad de un cuerpo oprimido que busca liberarse de las imposiciones conceptuales, redefiniendo su identidad.