Opinión

¡Arrancan!

La terminación formal del periodo de reformas estructurales en la agenda presidencial, coloca a ambas cámaras en el Congreso y a los partidos políticos en una nueva etapa que no sólo significa el cambio en el discurso, sino sobre todo, una nueva estrategia hacia el futuro.

La presente Legislatura concluirá su periodo el 30 de abril de 2015. Se podrá retirar con la respetable medalla de haber sido la más productiva en la historia legislativa de México. No solamente por el número de leyes, cambios constitucionales, reglamentos revisados, discutidos, aprobados, sino tal vez por la trascendencia histórica de las reformas constitucionales.

La historia los juzgará, a diputados y senadores, tanto como al propio presidente Peña Nieto, por el resultado que esas leyes alcancen en la vida de millones de mexicanos. El juicio implacable de la realidad al que nadie escapa, mucho menos los funcionarios y servidores públicos.

Ayer escuchaba a un legislador priista preocupado por la implementación de las reformas, sugerir a Los Pinos la instalación de una oficina de implementación, un despacho adyacente a la Presidencia y en coordinación con todas las dependencias, desde el cual se impulse, coordine y vigile la ejecución de las reformas. Algo semejante al despacho que Dilma Rousseff encabezó en Brasil en los tiempos de Lula. Si por leyes no paramos en México, el punto es que se pongan en práctica, se respeten y se apliquen.

Pero la conclusión de este periodo en las cámaras coloca a los señores legisladores en la descansada actitud de no tener qué hacer. Seguramente habrá, como de hecho registra la agenda de iniciativas, una cantidad considerable de pendientes. De ahí a que sean relevantes o urgentes, es otra cosa.

Lo que sigue es el calendario electoral de 2015 que se impone con sus tiempos, listados, candidatos y lucha partidaria: 17 estados con elecciones locales, Congresos, municipios, nueve gubernaturas y la Cámara de Diputados en su totalidad.

A partir de que el presidente promulgue la reforma energética –muy probablemente la semana siguiente– la tensión, el discurso, los acuerdos y las nuevas alianzas se volcarán hacia el escenario de competencia electoral.

Nuevas alianzas se forjarán como la que ya se apunta en Colima, mientras que las que impulsaron unas reformas y otras en el Congreso de la Unión, se romperán con discursos de acusaciones y reyertas en estados y municipios.

Se acabó la etapa de la “concordia” legislativa y las negociaciones permanentes. Viene ahora la lucha por cada distrito, por cada rincón, por cada curul.

Se ve inalcanzable una mayoría en la Cámara de Diputados, pero sí la conformación de un grupo mayoritario sólido que tal vez controle el Partido Revolucionario Institucional aunque el Partido Acción Nacional insiste en que lo conseguirá.

La gran batalla se dará en los terrenos de la izquierda, donde el efecto que Morena tenga sobre el PRD y las posiciones o puntos que le arrebate, serán la gran lección para las presidenciales en 2018. Morena crecerá, simplemente porque parte de cero. La pregunta es cuánto y hasta dónde.

El otro escenario vital es cuántos y cuáles de los partidos pequeños desaparecerán. Mi cálculo personal es que no menos de tres quedarán fuera después de los comicios del año entrante.

Tres estados se colocan como las contiendas más delicadas, complejas, aunque no necesariamente las más competidas: Michoacán, por obvias razones; Estado de México, por la penetración del crimen organizado y la delincuencia; y San Luis Potosí, por el complejo entramado local.

Se estrenará el nuevo INE y la nueva Ley Electoral con sus disposiciones y sanciones a delitos más severas.

Veremos un proceso electoral diferente, con nuevos jugadores y con los candados impuestos en la reforma. Juzgaremos su eficiencia.