Opinión

Arne y el calderonismo
de bolsillo

   
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ME. Arne, el síntoma y la enfermedad.

Contra toda evidencia, es necesario dejar a las autoridades el dirimir si la clausura de un inmueble de la familia de Arne Aus den Ruthen Haag fue un acto apegado a derecho o un mezquino arrebato por parte de Meyer Klip, encargado (es un decir) de la vigilancia de algunas normas de la Ciudad de México.

Ese episodio, ya se sabe, ha provocado la renuncia de Arne a la delegación Miguel Hidalgo, donde hasta el miércoles ostentaba un puesto llamado city manager, desde el que ha alcanzado fama como un implacable, si bien abrasivo y abusivo, perseguidor de aquellos que abusan del espacio público.

Arne, ha dicho la delegada Xóchitl Gálvez, podría regresar a la Miguel Hidalgo cuando quiera, él dice que lo haría cuando resuelva el entuerto del inmueble que se encuentra, precisamente, a pocos pasos de la delegación en la que el ex city manager prestaba sus polémicos servicios armado de Periscope, la aplicación que permite transmisión de video en vivo a través de internet.

Aunque se trató de un desempeño de escasos nueve meses, me temo que lo que Arne intentó en la Miguel Hidalgo estaba destinado al fracaso. Se lo dije en privado, lo publico en esta ocasión.

Pongamos que Arne y su jefa intentaron un calderonismo de bolsillo. De bolsillo por la escala, claro está, porque en esencia se trata de iniciativas políticas surgidas de la misma matriz.

A ver si me explico: al igual que lo hiciera en su sexenio Felipe Calderón, Arne intentó desde un voluntarismo grandilocuente una aplicación a rajatabla de leyes y normas para la convivencia urbana.

Este restaurante puso un piso indebido sobre la acera; cincel y martillo es la receta que les aplico. Algún gandalla colocó tubos o conos para apartar lugares en la calle; se los arrebato y los encaro, sin importar un espectáculo patético, lo mismo en una zona modesta o en Las Lomas. Me asumo como una barredora legal que lo mismo me llevo carcachas que autos de guaruras, y un largo etcétera.

En vez de construir un caso ante la opinión pública, de armar una campaña mediática, de recorrer estados para convencer, de hacerse acompañar de aliados surgidos desde distintas trincheras, Calderón se lanzó a la guerra contra la delincuencia organizada armado sólo de un sentido del deber (hasta de soldado se vistió) y amparado en que la ley se lo permitía.

Toda proporción guardada, en una delegación plagada por el clientelismo, el ambulantaje, la corrupción inmobiliaria y restaurantera (cuando no de plano antrera), la delegada Xóchitl Gálvez creyó que un intransigente haría que todos en la Miguel Hidalgo nos convertiríamos en ciudadanos observantes de la ley.

El modelo tiene grandes defectos. El principal radica en que parte de la noción de que una persona, ya sea el presidente de la República o el city manager, puede generar un cambio en toda la sociedad con el mero hecho de decretar que cambian las reglas.

Así, Arne no sólo pecó de soberbia y egocentrismo, sino que en vez de sumar adhesiones se convirtió en factor de discordia; en vez de aliados cosechó detractores o porristas; en vez de liderar procesos de cambio en la comunidad se convirtió en un showman que, sin dejar de hacer su trabajo operativo, no tenía mayor impacto que el instantáneo, que a lo sumo significaba que una calle quedaría limpia de huacales y botes de cementos, pero esa intervención sembraba tanta conciencia ciudadana como hace una máquina barredora: nada.

Arne llegó y se fue. Será anécdota. Un modelo así, legalista, vertical, autoritario, no crea ciudadanía.

Twitter: @SalCamarena

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