Opinión

Armas para crecer

 
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Estudiantes presentando examen electrónico. (Cuartoscuro/Archivo)

Se dice que en democracia cada voto cuenta. Si en el año 2000 el Partido Demócrata hubiera tenido suficientes votos en Florida, Al Gore hubiera sido el presidente en Estados Unidos por al menos un mandato. Pero los votos no alcanzaron a Gore para torcer el conteo de electores a su favor, Florida fue para los republicanos, y nuestro vecino del norte tuvo a George Bush como presidente.

La idea del voto útil en política no parece tener un correlato en economía entre los expertos tradicionales, que suelen ver el crecimiento de un país con los ojos puestos sobre las variables macroeconómicas.

Como lo he señalado en varias ocasiones, hablan de incentivos orientados al mercado, derechos de propiedad, el imperio de la ley, estabilidad, disciplina fiscal, apertura económica y más. Por supuesto no falta tampoco el discurso de la importancia de la productividad. Pero la realidad es que también influyen en el crecimiento de los países las decisiones micro que toman todos los agentes económicos, desde el señor del changarro al mismísimo Estado. Como cada voto cuenta en política, cada pequeña acción microeconómica, suma o resta al crecimiento económico. Esto explica en parte por qué algunos estados en México crecen más rápido que otros.

Además existen un número importante de factores que tampoco se consideran por la gran mayoría de los economistas, varios de ellos no directamente vinculados a la teoría económica neoclásica. Por ejemplo, el tipo de sistema legal sajón o napoleónico, el nivel de confianza entre los actores económicos y políticos (trust), el capital social o una extendida práctica del respeto por los demás al extremo de saber si somos puntuales o impuntuales.

Son importantes además las redes de contactos nacionales e internacionales (networking) para la gestión de los intereses del país; la demografía; la geografía, donde los economistas nos recuerdan constantemente las ventajas competitivas de México por tener frontera con Estados Unidos (aunque en el mundo digital las ventajas geográficas tienden a desaparecer). También importa el impacto que pueden tener el nivel de estabilidad política, no sólo la calidad del debate público, sino inclusive si hay dos o más partidos en el país o si las regiones económicas se sienten parte integral de la nación o si manifiestan tensiones; el nivel de secreto financiero que comprende tanto la atracción de fondos lícitos como ilícitos, o la influencia económica, militar, política y mediática de la república en el mundo.

Por supuesto también es crítico el nivel de educación de la población. Y sólo por sumar un par más al debate: qué porcentaje de empresas globales tiene la economía es crítico en un mundo interconectado y es interesante, también, conocer si un país tiene industrias desarrolladas en sectores de altísimo valor agregado como, no se asusten, la exportación de armas.

El hecho es que debemos incluir, para explicar el crecimiento económico, variables no tradicionales, pues la ciencia económica es más compleja que la pretensión de sumar dos más dos y que cada nuevo año el balance abra otra vez en cero. Y, posiblemente, la variable más controversial descartada por muchos economistas es la cultura. Ésta determina, entre otras muchas cosas, qué tipo de productos consumimos, cómo nos vestimos, cuánto ahorramos, impactando todas ellas en el desarrollo económico de los países. La economía no es una ciencia exacta, y esto lo comprendieron los premios Nobel 2002 Smith y Kahneman, los cuales iniciaron una nueva rama en los estudios económicos llamada Economía del Comportamiento.

La cultura, han finalmente descubierto algunos académicos, no es circunstancial: posee el enorme valor de la definición de las posibilidades de crecimiento de un país.

Twitter: @JaqueRogozinski

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