Opinión

Armas biológicas y químicas: tan antiguas como la humanidad

10 febrero 2014 4:36 Última actualización 05 septiembre 2013 5:2

 
María de los Ángeles Mascott Sánchez
 
 
 
Hay triunfos que empobrecen al vencido, pero no enriquecen al vencedor: Juan Zorrilla de San Martín.
 
 
Esta semana el Congreso de Estados Unidos analiza el posible uso de la fuerza en Siria, así como la intensidad y duración de las eventuales acciones militares en ese país. El debate responde a las noticias del pasado 21 de agosto sobre el uso de armas químicas por parte del gobierno de Bashar Al Assad para enfrentar a grupos rebeldes. Sin embargo, la preocupación del gobierno estadounidense va mucho más allá de la protección de la población siria: desde 2011 el congreso ya contaba con reportes en los que se advertía el riesgo de que el régimen de Al Assad perdiera el control de su vasto armamento químico y de que éste cayera en manos de grupos terroristas.
 
 
De acuerdo con un informe del Servicio de Investigación del Congreso de E.U., en 2012 el Pentágono calculó en 75,000 tropas las necesarias para neutralizar las armas químicas en Siria. Y, según datos citados por BBC, el régimen sirio cuenta con más de 1,000 toneladas de armas químicas almacenadas en 50 pueblos y ciudades.
 
 
El uso de armas químicas y biológicas tiene larga historia. Se sabe, por ejemplo, que alrededor de 590 a.C. se utilizaron hierbas venenosas para contaminar los suministros de agua de la ciudad de Kirra, en Grecia. También, que en 256 d.C. tropas persas recurrieron a un gas letal compuesto de betún y cristales de azufre en contra de tropas romanas en Dura-Europos (¡en territorio de la actual Siria!). Y en 1763 las tropas americanas atacaron a los indios nativos de Fort Pitt regalándoles mantas infectadas con viruela.
 
 
El uso “moderno” de armas químicas comenzó con el siglo XX. En abril de 1915, durante la Primera Guerra Mundial, Alemania lanzó 180 toneladas de clorhídrico asfixiante contra las tropas enemigas; 15,000 soldados sufrieron intoxicación y la tercera parte de ellos murió.
 
 
El primer uso masivo de armas químicas en contra de población civil ocurrió entre 1921 y 1927, cuando el ejército español utilizó fosgeno, cloropicrina y gas mostaza para atacar a la población del Rif, Marruecos. De acuerdo con el general de aviación militar Hidalgo de Cisneros, él arrojó 100 kilogramos de bombas de gas mostaza en el verano de 1924. Y, hasta ahora, de acuerdo con la Asociación de Víctimas de Rif, la población descendiente registra índices muy altos de cáncer.
 
 
Estados Unidos también ha usado armas químicas. Baste recordar la triste suerte de la población y del ecosistema en Vietnam: entre 1961 y 1971 los estadounidenses arrojaron más de 72 millones de toneladas del llamado “agente naranja” cuya sustancia principal, dioxina, provoca graves enfermedades, daños genéticos y destruye los bosques. Se calcula que en Vietnam más de 3 millones de personas han sufrido daños permanentes a la salud como resultado de este agente.
 
 
Lo cierto es que Siria no ha firmado la Convención sobre Armas Químicas ni ha ratificado la Convención sobre Armas Biológicas. Pero también que Estados Unidos ha usado armas químicas no sólo en Vietnam, sino en Medio Oriente.
En esta historia, hay que recuperar la urgencia de la asistencia humanitaria. El Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), Antonio Guterres, califica el conflicto en Siria como la gran tragedia del siglo: “con sufrimientos y desplazamientos de población sin equivalente en la historia reciente”. A los países vecinos han llegado más de 2 millones de desplazados durante los últimos 12 meses y ACNUR sólo ha recibido 47% de los fondos que se requieren para cubrir sus necesidades básicas.
 
mariamascottsanchez@gmail.com
 
Directora General de Análisis Legislativo del Instituto Belisario Domínguez, Senado de la República.