Opinión

Aquí mando yo

No entiendo a las personas que ante cualquier decisión prefieren decir “lo que tú quieras”. Me parece una salida fácil para no comprometerse con nada, de protegerse de que si todo sale mal, al menos ellos no decidieron. Yo soy de las que decide y de las que manda. En el colegio era la líder, para bien y para mal. No sé si se nace así o uno se vuelve así, pero yo desde muy pronto en la vida tenía un montón de preferencias por ciertas cosas y desdén por todo lo que no me gustaba o por todo lo que no era como yo quería. De mente rápida, se me ocurrían planes y travesuras. Romper las reglas era mi debilidad porque me hacía sentir poderosa.

–Ana creció en una familia de gente dominante con rasgos obsesivos. Su padre y dos de sus hermanos le modelaron esta forma de ser, en la que no existe la negociación sino la imposición de una sola “verdad”. La autoridad apabullante de su padre le enseñó a relacionarse dominando y descalificando.

Logré evitar los castigos muchas veces y me sentía más fuerte y más lista que todos. Nunca hice nada grave. Se trataba más de un asunto interno, íntimo. Saber que tenía el poder de controlar a los demás, me daba placer.

Hoy esa forma de ser se ha vuelto un problema, porque no desarrollé la capacidad de escuchar ni de pedir ayuda ni de reconocer mis errores.
Mi jefa me ha dicho varias veces que no sé trabajar en equipo, que soy demasiado protagónica y que debería aprender a incluir a los demás.
Con mis amigos he tenido algunos enfrentamientos. Parece que es de vida o muerte que me den la razón o que pongamos mi música en las reuniones. Tengo que reconocer que la mayor parte de la gente me parece estúpida y con pésimo gusto. Pero también me doy cuenta que canso a los otros con mis ideas exageradamente claras e intensas sobre todas las cosas.

Mi vida amorosa fue desde siempre un gran desastre. Solo sé relacionarme de dos modos: dominando o siendo dominada. No existen términos medios. Me conseguí un marido que se deja mandar la mayor parte del tiempo. Mi estilo es tiránico. Amanezco con una idea fija sobre un viaje, algo que necesitamos comprar, un arreglo urgente para la casa o una clase extra para nuestros hijos. Me siento en paz y hasta feliz mientras él acepta todo lo que yo quiero. Pero cuando tiene un día malo o se cansa de mis exigencias, comienzan los gritos y las peleas por ver quién tiene la razón. En el fondo sé que necesito que me ponga un límite y me diga que no, pero jamás podré aceptarlo abiertamente.

Me siento sola aunque esté acompañada. Cargo el mundo entero en mis hombros porque no confío en nadie. Sé que necesito ayuda y al mismo tiempo rechazo la idea de buscarla. Creo que me moriría de vergüenza si tuviera que reconocer frente a alguien que estoy mal y que me gustaría aprender a relajarme y a no querer que todo sea tal y como me lo imagino. Tengo 38 años y no sé si aún es tiempo de cambiar.

–Ana tuvo que utilizar el mecanismo de la identificación para sobrevivir en una familia donde corría el peligro de ser aniquilada. Moldeó su personalidad para poder enfrentarse con su padre y con sus hermanos. Ve la vida de modo rígido. Sólo sabe mandar y espera ser obedecida. En su mundo interno, está sola. La gente que la ama le teme. Nadie la confronta. Corre el peligro de despertar odio y no amor. Es poco probable que busque ayuda y poco a poco se va quedando tan sola como se siente.
Para Ana, la debilidad es una amenaza para su identidad, aparentemente fuerte pero profundamente frágil y llena de carencias.


Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Correo: valevillag@gmail.com

Twitter: @valevillag