Opinión

Aprendamos de los errores de Brasil

Los gobiernos del mundo desarrollado tuvieron que endeudarse, ya sea para rescatar a sus sistemas bancarios o para incrementar el gasto público, como paliativo ante la fuerte contracción en la demanda como consecuencia de la “gran recesión” que empezó a fines de 2007. La deuda global, tanto pública como privada, excede 100 billones (millones de millones) de dólares, según datos del BIS (Bank for International Settlements). Se incrementó 43 por ciento desde mediados de 2007 hasta mediados del año pasado. En el mismo período, según datos de Bloomberg, el valor global de los mercados accionarios se contrajo 7 por ciento y hoy asciende a 53.8 billones de dólares. Hay 12 billones de dólares de bonos gubernamentales en circulación en los mercados internacionales, y la emisión de bonos corporativos alcanzó 21 billones. Las tasas de interés se redujeron de 4.8 por ciento a 2 por ciento, están en mínimos históricos -por el diseño de bancos como la Reserva Federal- y presentan un gran aliciente para endeudarse. Desafortunadamente, el peso de esa deuda va a crecer en cualquier escenario. Si la economía global se recupera, las tasas de interés van a aumentar; si sigue estancada, habrá presión deflacionaria (cuando uno debe, la inflación se come parte de la deuda en términos reales).

Estados Unidos probará tener la única economía viable a largo plazo de entre las desarrolladas y eso beneficia claramente a México, cuya economía lleva 20 años integrándose con ellos. Pero un entorno económico en el que el mundo crece poco, donde paulatinamente se recoge el exceso de liquidez, y se dedica una parte importante de lo que se tiene a pagar deuda, implicará fuerte viento en contra para todos, México inclusive.

Las reformas estructurales, y la energética en particular, proveen una fuerte base para que México crezca. El potencial de crecimiento de México aumentará considerablemente. Sin embargo, hay que apuntalar esa condición. Además del urgente e indispensable esfuerzo por fortalecer el Estado de derecho e incrementar la competencia externa y local para todos los monopolios -Pemex, Telmex, Televisa, CFE, SNTE- se requiere un esfuerzo bien pensado para incrementar la productividad. Ésta lleva 30 años cayendo en México.

La única forma que tiene un país para crecer en forma sostenible es con crecimiento poblacional o generando más con los mismos factores de la producción: fuerza laboral, capital y tierra. Asegurémonos ahora de que nuestros trabajadores produzcan más; es imprescindible entrenarlos mejor y dotarlos con mejores máquinas y tecnología de punta. Tenemos que importar estas dos últimas.

Si se logra desarrollar leyes secundarias que consoliden reformas, como la energética y de telecomunicaciones, fluirán a México grandes cantidades de inversión, un poco porque no tiene alternativas a dónde ir, y un mucho porque la promesa que pone México sobre la mesa es real. Ésta financiará el déficit de cuenta corriente que nuestra economía presentará los próximos años, pues hay que invertir mucho en infraestructura y para modernizar el sector energético.

Es de vital importancia que México aproveche su “moda” para hacer un uso eficiente de esos recursos que gravitarán hacia nosotros. Brasil presenta un claro ejemplo de lo que no se debe hacer. A pesar de haber absorbido un alto porcentaje de la inversión extranjera hacia América Latina, y de haber recibido grandes cantidades de divisas por haber estado en el epicentro del “súper ciclo de materias primas” que está acabando -y del cual México no participó- Brasil presenta paupérrima productividad y ni siquiera cuenta con la infraestructura básica de aeropuertos y carreteras indispensable para el Mundial de Futbol y los Juegos Olímpicos de 2016. Además, Brasil cobra impuestos en niveles similares, relativos al tamaño de su economía, a los que recaudan gobiernos como el francés y el noruego, pero este ingreso se les va en pagar un gobierno descomunal, en mantener a una proporción creciente de la población que vive de subsidios y beneficencia pública y, en forma no menor, en corrupción.

Los recientes aumentos en la calificación crediticia de México, el que esté “de moda”, y la enorme necesidad de inversión para compensar por lo que no se hizo en décadas, fortalecerán al peso y mantendrán bajo el costo de financiamiento en México (tanto en pesos como dólares). Este es un buen momento para pensar en mecanismos de depreciación acelerada y programas serios de capacitación. Aprendamos de los fracasos de otros.

Sería bueno que, aprovechando el viaje, pongamos un alto tajante a la extorsión que proviene de sindicatos; que éstos aprendan que su éxito no estará en hacer que se pague más a los trabajadores por hacer lo mismo, sino en asegurarse de que ellos cuenten con las habilidades y bienes de capital de punta que les permitan generar más y, en consecuencia, ser mejor remunerados.

Nuestro margen de error es mucho menor de lo que creemos.

Twitter: @jorgesuarezv