Opinión

Apenas cien días

 
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trump

En sus primeros cien días en la Casa Blanca, el septuagenario personaje fue noticia de primera plana cada mañana, al grado de que los grandes periódicos aumentaron su tiraje y número de suscriptores.

Recibido con escepticismo por una opinión pública que dudaba de que sus dotes como personaje de la televisión y como candidato en campaña lo pudieran hacer un buen presidente, sorprendió al menos por su terquedad al emitir docenas de órdenes ejecutivas para cumplir lo ofrecido, aunque fuera en sentido contrario de la tendencia histórica.

En contraste con el estilo austero de su antecesor, lo primero que hizo fue redecorar la mansión presidencial y estrenar limosinas para transportarse.

Despidió a cientos de funcionarios por pertenecer al partido perdedor. En su gabinete incluyó a pocas mujeres, un buen número de banqueros y empresarios y un montón de ultraconservadores. De manera insólita puso al frente de las agencias reguladoras a quienes hasta poco antes eran sujetos regulados, que además ofrecían desmantelar los principales programas. No obstante, incumplió con su amenaza de desaparecer varias dependencias.

Desde el primer día se revelaron las intensas rivalidades dentro de su equipo cercano. La facción ligeramente más liberal parecía prevalecer sobre los siniestros personajes del ala ultraderechista.

Su programa económico levantó muchos recelos. Era demasiado optimista pensar que el crecimiento desatado por el drástico recorte de impuestos pudiera compensar la elevación del déficit. También fue duramente criticado por derogar las normas que regulaban a las entidades financieras, a la minería y al medio ambiente. Los ambientalistas llevaron su indignación por todo el país.

Absurdamente culpó a los migrantes indocumentados del desempleo y amenazó con expulsarlos. Maltrató a uno de sus principales socios comerciales con medidas proteccionistas.

De inmediato incrementó el presupuesto militar y se puso como meta acabar con el terrorismo proveniente del Medio Oriente. Descongeló la relación con gobiernos autoritarios y ordenó imprudentes operaciones bélicas sin consultar al Congreso. Muchos temieron que su carácter impulsivo desatara en cualquier momento una guerra nuclear.

Su popularidad subió como la espuma por dos hechos ajenos a su gobierno: la liberación de los diplomáticos rehenes en Teherán y el atentado que sufrió en el día 70 de su gestión.

Sí, todo eso sucedió hace 36 años, al inicio de la administración de Ronald Reagan. El Departamento que quiso desaparecer fue el de Energía y no el de Educación; las temerarias acciones militares fueron para enfrentar provocaciones soviéticas en Polonia y no para encarar las valentonadas de Kim Jong-un en Corea del Norte y los abusos de Bashar al-Assad en Siria; al socio comercial que desafió fue Japón y no México o Canadá; los terroristas eran los secuestradores de aviones de la OLP y no los fundamentalistas del Estado Islámico (EI); los gobiernos autoritarios eran los de Corea del Sur, Taiwán, Filipinas o Argentina y no el de Rusia.

Ciertamente hay muchas semejanzas con lo que ha sucedido con Donald Trump, aunque desde luego las diferencias son importantes. Reagan tenía la experiencia de haber sido gobernador de California. Su plan económico estaba bien estructurado, con prioridades claras y metas definidas. Aunque tenía fama de intransigente resultó buen gestor. Se comprometió plenamente en el cabildeo de sus iniciativas legislativas y acabó siendo amigo de los líderes de la oposición.

NO HAY LUNA DE MIEL
Fuera de Franklin D. Roosevelt, quien al tomar posesión en 1933 consiguió pasar por el Congreso 76 leyes, que reformaron por completo el sistema financiero y llevaron a Estados Unidos a abandonar el patrón oro, ningún presidente ha conseguido mucho en sus primeras 14 semanas. Si bien el aura de la victoria todavía está fresca en la opinión pública y el Congreso se muestra más accesible, el número mágico de cien días es insuficiente para obtener algo que valga la pena. Si acaso, al ver al mandatario en acción se puede ir dilucidando su estilo de gobierno.

En una perspectiva comparativa, a Trump no le ha ido tan mal a estas alturas de su gobierno: Kennedy había fracasado en Bahía de Cochinos; a Carter le habían rechazado los rusos su iniciativa de desarme nuclear; Reagan estaba en el hospital; a Clinton le estalló el escándalo de la oficina de viajes de la Casa Blanca; a George W. Bush le habían capturado los chinos un avión espía; Obama había tenido que retirar la nominación de tres secretarios.

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