Opinión

Apatía ciudadana

 
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Los 45 perredistas tuvieron que suspender sus campañas en el Estado de México. (Cortesía PRD Edomex)

Entendida la política como un ejercicio virtuoso que orienta sus pensamientos y acciones al logro del bien colectivo, debiera ser, como lo señalaba Aristóteles, la ciencia más fundamental de todas, y por tanto, una labor prestigiada y altamente valorada por la sociedad.

Sin embargo, la política en México muestra una realidad diferente. Es percibida como una actividad turbia, revestida de engaño, opacidad, corrupción e impunidad, circunstancia que mina la confianza ciudadana y la certeza en el porvenir.

En pleno proceso electoral y a tres semanas de que se realicen los comicios de este año, la ciudadanía espera con ansia la fecha de la elección, pero no para acudir festiva a ejercer su derecho al voto, sino para dejar de ser víctima del inclemente ruido mediático de la campaña que, dicho sea de paso, ha estado desde su inicio pletórica de acusaciones y denuestos, y carente de propuestas sólidas frente a los agudos problemas del país que generen un incentivo mínimo en el electorado para acudir a las urnas.

A los continuos escándalos protagonizados por miembros de la clase política, la mordacidad de las acusaciones y descalificaciones mutuas, la chabacanería de la propaganda de los partidos y en muchos casos la irrelevancia y desconocimiento de los aspirantes a cargos públicos, se suma la violencia, tanto entre los propios actores como la procedente de otros ámbitos, con actos criminales que han desembocado en el asesinato de candidatos y que hacen suponer la participación de la delincuencia organizada en las campañas.

En un ambiente así, es natural la desmotivación ciudadana y la consecuente incertidumbre para orientar su decisión en el sufragio. En todo caso, se percibe una tendencia creciente a la anulación del voto al no existir, más allá de la militancia, una preferencia definida ni mucho menos la confianza indispensable en los contendientes o en sus difusas propuestas.

Más allá del elevadísimo costo económico del proceso, existe un alto precio social que poco o nada se valora por la clase política y que incide de manera determinante en el ánimo de la población respecto de sus autoridades, lo que debiera ser preocupación permanente del aparato público, no sólo para su continuidad en el poder, también para lograr realmente estándares sostenidos de mayor bienestar y armonía.

El descrédito de la política en México se ha ganado a pulso y se ha nutrido, día con día, con la ineficacia, la corrupción y la impunidad, generando una brecha entre el ciudadano y sus dirigentes con quienes no existe el mínimo rastro de identidad o confianza. Por ello, el proceso electoral no logra consolidar una preferencia definida más allá de lo local, sea por un candidato específico o por un partido en general. La lucha se da entre las maquinarias de los institutos políticos, cada vez más lejanas de la sociedad, empleando todas las artes de que son capaces para lograr el triunfo, que en no pocas ocasiones debe resolverse en tribunales.

La consolidación de una democracia moderna exige la participación social activa y ésta sólo puede darse con el convencimiento y la confianza popular en la oferta política, con el logro de una razonable certeza a través de postulados claros y viables para la solución de las demandas y la consecución de las aspiraciones de la población; sin ella, el proceso electoral se convierte en un mero trámite obligado por ley y ajeno al interés ciudadano.

Correo: grhhuizar@gmail.com y gererdo.herrera@anahuac.mx

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