Opinión

Apareció el peine del “independiente”

 
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Bronco. (Cortesía)

Lo que muchos esperaban, ya sucedió. El aún flamante gobernador de Nuevo León Jaime Rodríguez, mejor conocido como El Bronco, finalmente aceptó que si la gente “se enterca” no tendrá más remedio que aceptar su postulación (como si le hiciera un gran favor a la gente, condescendiendo a la terquedad de ésta) como candidato a la Presidencia de la República en el 2018.

Nótese aquí, de pasada, cómo este caballero asume idéntica actitud, llamada con acierto mesiánica, de hacer sólo lo que “el pueblo” le pida. Es decir, que ya sus decisiones no son personales ni obedecen a impulsos propios, sino son resultado de lo que una gran colectividad (la gente, el pueblo, las masas indiferenciadas, las “mayorías”) le marca.

Al respecto, obsérvese al canto el gran parecido en este punto con la ya muy sabida y sobada táctica de otro reconocido mesiánico, López Obrador. Por cierto, éste y el otro antes referido por ser tan iguales y en modo alguno complementarios y menos aún potenciales colaboradores, por perseguir ambos lo mismo, tener idéntico apetito y cojear del mismo pie, muy pronto –no se necesita ser adivino para pronosticarlo- y luego de algunos incipientes escarceos, entrarán en conflicto. Y muy probablemente fuerte. El tiempo lo confirmará.

En el proceso de la sucesión presidencial del 18, que para todo efecto práctico ya arrancó aunque falten más de veinte meses para que se dé por iniciado formalmente, uno se autoproclamará –ya desde ahora lo hacen él y sus corifeos- el auténtico y por ello el único candidato de la verdadera izquierda. Los demás que pudiera haber –que los hay, como el jefe de gobierno del DF- bajo esa misma etiqueta, serán falsos, espurios y quizá hasta parte de “la mafia” o por lo menos vendidos a ésta. En los mesiánicos la descalificación del adversario (así sea de la izquierda) no tiene límites. El otro, claro, se declarará a sí mismo el campeón de “los independientes”.

Y no faltarán quienes se traguen esa enorme rueda de molino. ¿Puede alguien ser verdaderamente independiente con un pasado de más de tres décadas en el seno del priismo? Tal vez. Hay que conceder a El Bronco el beneficio de la duda, para que demuestre que en efecto lo es. Por ejemplo, recordándonos de su trayectoria algún rasgo, así mínimo, de desafío a las rígidamente autoritarias reglas no escritas del PRI.

Hasta donde se sabe, vivió muy contento su militancia con estricto apego a esas reglas, lo que le permitió ser alcalde y legislador de ese partido sin el menor asomo de valentía política. Me dicen que fue diputado federal en alguna de las legislaturas en que yo también lo fui.

Seguramente fue uno de esos diputados priistas que llaman “del montón”, caracterizados por ser nada participativos, obedientes hasta la abyección y meros levantadedos. ¿Bronco? ¿Independiente?

¡Pamplinas!

Considero que tiene razón Giovanni Sartori al sostener que sin partidos políticos no puede haber democracia. Pero éste es otro tema.

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