Opinión

"Anverso", en el MUCA Roma


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MUCA Roma

Colectividad que no sabe pensar, no puede vivir.
Concepción Arenal, escritora española (1600 -1681)

Generalmente cuando queremos ver alguna exposición de arte, vamos a los museos más conocidos o a alguna muestra que hayamos visto anunciada en carteles, Internet o incluso en televisión. Pocas veces nos aventuramos a conocer espacios pequeños o exhibiciones en las que el nombre de los artistas exponentes no nos suene familiar. Pero es justamente en estos lugares donde podemos presenciar las producciones artísticas más actuales, y sobre todo, percatarnos de lo que están haciendo nuestros jóvenes artistas.

La semana pasada tuve la oportunidad de visitar la exposición Anverso en el MUCA Roma, espacio creado por la UNAM para vincular las expresiones artísticas contemporáneas con la investigación, ciencia y tecnología. Aquí, cinco artistas jóvenes -todos en sus veintes o apenas pasando los 30 años- presentaron la conclusión de un peculiar proyecto: el museo les abrió las puertas para hacer uso de éste no sólo como lugar de exposición, sino como centro de operaciones; así, por casi dos meses, Antonio Bravo, Néstor Jiménez, Elsa-Louise Manceaux, Javier Villanueva y Pamela Zeferino vivieron una “mini residencia” dentro del MUCA. El resultado fue una muy bien resuelta exposición donde se pone de manifiesto la estructura interna de la institución “museo”, que claramente denotan las piezas de Javier Villanueva con su preocupación por los procesos internos de validación del arte, y los performances de Elsa-Louise Manceaux y Pamela Zeferino, que utilizan el edificio en sí mismo como contenedor, y al personal interno como agentes de variación que pueden consolidar o debilitar la estructura; Elsa, valiéndose del sistema de circuito cerrado, y Pamela, del recurso histórico del sismo de 1985.

La investigación de Néstor Jiménez versó sobre el aprovechamiento creativo en la deconstrucción de la estructura musical, al insertar anomalías en piezas musicales, y dichas irregularidades vienen de la abstracción de ciertos comportamientos virales, bacterianos o de parásitos causantes de enfermedades.

Por último, las piezas de Antonio Bravo son una oportuna reflexión sobre las relaciones del cuerpo, el movimiento y los ambientes de revuelta no sólo en México, sino en el mundo, utilizando un lenguaje escultórico limpio y sencillo que roza el minimalismo, pero con una contundente carga emotiva.

El trabajo reflexivo de estos jóvenes artistas es más de cuestionamiento que de ofrecer certezas, y este esfuerzo colectivo por preguntarse sobre las estructuras desestabilizadas que no terminan por derrumbarse (¿México, el Capitalismo, la Historia, etc.?) refleja una preocupación por el futuro, que casi no encontramos en el arte comercial de las grandes galerías. Un esfuerzo colectivo que también tiene una gran tradición en las estrategias artísticas de nuestro país.

Me hubiera encantado invitar a todos los lectores a esta muestra, pero desafortunadamente concluyó antes de la publicación de esta columna. Sin embargo, siempre es oportuno hablar sobre artistas nacionales y más si son jóvenes que con empeño buscan incidir en los discursos contemporáneos. Los invito a todos a seguir a estos artistas y el trabajo de jóvenes colectivos mexicanos como Cráter Invertido, Neter, Bikini Wax y muchos otros que producen un arte actual cercano a nuestra realidad nacional.

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