Viaje a lo desconocido
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Viaje a lo desconocido

03/12/2018

Desde hace mucho tiempo he creído que las cifras, junto con la ortodoxia económica, el miedo a la política y la ausencia de sentimiento hacia los programas de gobierno, terminarían siendo la tumba del modelo neoliberal. El sábado 1 de diciembre, Andrés Manuel López Obrador, envuelto en el fervor popular, que sigue siendo el elemento determinante para la construcción del nuevo régimen, terminó por enterrar 30 años del modelo neoliberal, al que también perteneció durante su paso por el PRI, en nuestro país. No quiero entrar en el debate de qué entiende López Obrador por neoliberal.

Antes, los discursos de protesta estaban para ser pronunciados desde el llamado sentido del Estado, con una parte programática y otra política. En la cuarta transformación, el discurso de la toma de protesta fue un discurso que trató de evitar la confrontación formal, para pasar directamente a la aniquilación de la época neoliberal.

No hay nadie en México que no sepa que la corrupción y la impunidad acabaron con el viejo régimen. Y que ahora el desafío es sobre en qué base se construye el nuevo régimen. Primero, la rama de olivo, el agradecimiento y el perdón para el ciudadano Peña Nieto. Y segundo, su propia interpretación de la justicia histórica.

En esa justicia histórica, un salto en el tiempo. Ortiz Mena, que no era economista, sino abogado, fue el artista del mayor auge económico de la historia contemporánea, fomentando el crecimiento anual en un seis por ciento sin inflación. Los 50 años transcurridos desde este hecho parecen no existir. El mundo bueno, el del crecimiento, el de la no corrupción versus el mundo malo de la globalización, el GATT, NAFTA y todo lo ocurrido en medio.

Comprendo que para el presidente López Obrador y su visión del mundo y de la economía, los aranceles de Donald Trump y la destrucción de concepto rector de la globalización económica, son acicates para construir el México que él ve y que piensa que es posible.

Otra cosa es que la fuerza lo acompañe y que estos 40 años de corrupción y de destrucción de la manera de entender México no hayan construido un país que, más allá de la necesidad del cambio, no se revele rápidamente contra lo que el presidente de la cuarta transformación le ofrece.

Durante algunos momentos del discurso, la versión resumida del Congreso y no la ampliada del Zócalo, me recordó a los intentos de Donald Trump por volver a hacer de su país, un país de mineros y de trabajadores en las industrias primarias, que es como era hace 30 años, contra el monstruo económico del monopolio financiero y tecnológico sobre el que hoy se asienta su país. El tiempo nos dirá si eso es posible.

El nuevo régimen se asienta básicamente en tres cosas. Primero, en la fuerza moral incontestable de su líder único. Segundo, en el reconocimiento de la corrupción y la impunidad como las causas, la razón única de la destrucción moral y física de México. Y tercero, la sustitución de la voluntad social y la reconstrucción moral contra la esclavitud de las disciplinas que él llama neoliberales de la economía destructiva de los últimos 40 años.

Después de perdonar al ciudadano Peña Nieto, le hizo ser testigo presencial de la condena moral y practica de toda la política de la que él vino y le hizo presidente y de la que formó parte. En algunos instantes me recordaba los momentos de confesión de los crímenes cometidos contra el pueblo por los dirigentes chinos durante el maoísmo. Ahí se perdonaba y se reeducaba al culpable, pero se le hacía condenar a la política que había seguido.

En ese sentido, ninguna de las reformas estructurales que representan el sexenio de Peña Nieto sobrevivirá. Todas resultaron un fracaso, según López Obrador. Y el 1 de julio, con la votación que cambió el régimen, enterró a todas sus reformas. Conocemos los crímenes de los sexenios neoliberales. Conocemos a los actores de los crímenes, la alianza inmunda entre una clase política vendida al poder económico y la rapacidad sin límite de los empresarios, son culpables, aunque no se dijera así, de un delito de alta traición. Sin embargo, López Obrador, que no quiere cimentar las bases del nuevo régimen sobre el rencor, el odio y la venganza, ofrece el punto final, cambiando condenas de cárcel por la aceptación moral del daño que han infligido al país.

Especial mención merece que, durante los últimos cinco meses de la transición y durante la toma de protesta, el crimen organizado haya desaparecido del discurso de la problemática del país.

Para el nuevo régimen, el problema extremo de la seguridad no está relacionado estrictamente con el narcotráfico. Y una y otra vez yo estoy de acuerdo, se dice que más allá de la maldad congénita de los clubs criminales, nuestro fracaso social y nuestra responsabilidad suicidad de no ser capaces de crear igualdad de oportunidades y esperanza de vida para las nuevas generaciones, les han orillado a comportamientos antisociales.

En el discurso en dos tiempos, primero en el Congreso y luego en el Zócalo, tanto la Constitución como todos los cambios por la vía de hecho van a regir en su acción política la transformación completa del código penal. Siempre he pensado que lo peor que puede hacer López Obrador es violentar las leyes del país. Y es que tiene los votos y el respaldo popular necesario para cambiarlo casi todo. Es el momento de presentar el programa consolidado y sus necesidades de cambio legal. Y así cortar los debates que se van a desencadenar inevitablemente por este parcheo legal. Tal vez ahí se halle la razón de que para el presidente López Obrador, el Poder Judicial y sus atribuciones no tuvieran que aparecer en su discurso. Podría ser que será el primer poder del Estado en ser cambiado radicalmente en esta nueva administración.

Del día de la protesta, hay dos hechos que agradezco especialmente. El primero, es que se acabó con la dualidad de López Obrador. Él es, para bien o para mal, uno mismo. El 1 de julio, por necesidades del guion, tuvo que hacer un discurso de victoria de los llamados “de Estado”, para tranquilizar a los que no son los suyos, y luego el discurso para los suyos en el Zócalo.

Ayer el discurso fue uno, tanto en el Congreso como en el Zócalo. Tenemos, no sólo los votos, pero también una narrativa democrática que nos justifica hacer los que tenemos que hacer. Que México y el mundo se entere, esto ya cambió. De momento, la asociación delictiva para saquear el país entre políticos y empresarios está teóricamente perdonada, siempre y cuando el pueblo libre y soberano, que es el dueño de López Obrador, no exija justicia.

Posdata: todo va a depender de si la mera ilusión y la esperanza rellena los tacos y las tortillas.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.