Recuento del domingo
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Recuento del domingo

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Recuento del domingo

03/07/2018
Actualización 03/07/2018 - 12:27

Cuando al firmarse un contrato, la parte obligada incurre en un error, dicho acuerdo es inválido y los jueces pueden anularlo. Lamentablemente, los desaciertos que comete el pueblo al elegir a sus gobernantes no gozan del mismo privilegio; los efectos de la elección se convalidan instantáneamente y perduran a lo largo del tiempo. La decisión del domingo pasado habrá de producir innumerables efectos, y no sabremos, sino con el transcurso de los años, qué mitad de la ciudadanía era la que tenía la razón.

Espero que aquella que se impuso no se haya equivocado, y que el candidato posiblemente electo (porque todavía continúa el conteo y consiguientemente la resolución todavía no es oficial) demuestre que su visión y proyecto alternativo de nación es la más conveniente para los mexicanos.

Con profunda convicción democrática, esa que ha sido grabada en nuestra conciencia a lo largo de las últimas décadas, debemos darle vuelta a la página y seguir construyendo el país competitivo y desarrollado que todos perseguimos, en el que está cifrada nuestra felicidad. De una cosa no cabe duda: las estructuras sociales y de gobierno que han dominado nuestro devenir a lo largo de los últimos años darán un vuelco que todavía no alcanzamos a comprender. Viene un periodo de ajustes y reacomodos, con muchos efectos que ofrecerán resultados positivos para unos y posiblemente negativos para otros.

El proceso del domingo pasado, en sí mismo, arrojó resultados positivos y negativos desde un punto de vista político-social, y es nuestro deber efectuar un recuento de ambos para analizar qué podría suceder y qué debemos cambiar.

Entre los positivos encontramos dos: 1. Destaca indudablemente el gran sentido de civilidad de la ciudadanía y de quienes auxiliaron en el proceso de elección, una prueba viva de la rápida maduración de una democracia que, a ciencia cierta, no tiene más de una treintena de años de vida. Hemos aprendido ya que la alternancia constituye un mecanismo infranqueable de comprobación y vigencia de nuestra cordialidad. 2. Sobresalieron los discursos de concesión que ofrecieron los candidatos contendientes perdedores. Primero José Antonio Meade y después Ricardo Anaya externaron de manera excepcionalmente rápida su reconocimiento por el triunfo en las urnas a favor de Andrés Manuel López Obrador, quien con ese gesto goza de inmediata legitimidad para hacer frente al periodo de transición. Se dice con facilidad, pero esa muestra de civilidad ofrece un mensaje tranquilizador a quienes piensan en nuestro país como un destino para la inversión.

Ante la afluencia de acontecimientos y el encuentro de emociones que estos provocan, se descubren sin embargo dos resultados negativos: 1. El egocentrismo y exaltada ideología del candidato electo. No puedo imaginar la idea de Benito Juárez iniciando alguno de los controvertidos procesos que lo llevaron a la presidencia, pronunciando ante el pueblo un discurso en el que externara su deseo de llegar a ser un héroe de la nación de la talla de Miguel Hidalgo; tampoco imagino a Lázaro Cárdenas compartiendo su deseo de pasar a la historia como un Francisco I. Madero. Esa idea no se comparte, el objetivo se cumple, y el pueblo y la historia lo valora. 2. Debe preocupar el hecho de que el Movimiento de Regeneración Nacional y sus aliados hayan ganado votos suficientes para impulsar cualquier proceso legislativo en el sentido que a ellos plazca o convenga. Una hegemonía de ese tipo no se había vivido en México desde los años setenta, y su recuerdo no hace sino despertar terribles equivocaciones y malestares.

Es en esta tesitura de claroscuros que nos formulamos la siguiente pregunta: ¿Está nuestro país preparado para enfrentar con armonía la fuerza de un presidente con el poder y las características de Andrés Manuel López Obrador?

Se agradece desde luego el discurso de autocontención, que manda un mensaje muy claro de concordia y reconciliación no solamente al pueblo de México, sino al mundo entero. Qué bueno que se reconozca la importancia de la legalidad; qué mejor que se acepte la cualidad primordial del capital productivo; qué pertinente que se acepte la intervención y contrapeso de los medios de comunicación y las benditas redes sociales.

En suma, no podemos sino reconocer que el pueblo de México dio el paso que su clase política le obligó a dar. Se acabó el México de los privilegios y la oligarquía partidista que colmó a un segmento de bienestar y enormes satisfactores materiales, pero que privó a la gran masa de la población de los medios elementales de subsistencia. Vendrá el reacomodo y, con ello, un trabajo solidario por el mejoramiento de las condiciones de justicia para quienes más lo necesitan.

Una prueba de que la decisión pudo no haber sido desinformada, ni consecuentemente errada en el contexto de los acuerdos jurídicos mencionados al inicio, la ofrecen tres elecciones locales:

En Veracruz no fue electo gobernador el hijo del actual mandatario Miguel Ángel Yunes; en Morelos no ganó el hijastro del gobernador Graco Ramírez; y aparentemente en Puebla podría no llegar a ganar la esposa del exgobernador Moreno Valle. ¿Qué mejor muestra de la madurez de nuestra república democrática?

México pensó y decidió. Hagamos lo necesario para que aquello que a lo largo del tiempo se construyó para bien subsista. Coloquemos a la niñez y su educación como el valor más alto al que debe ceñirse la ley. Empecemos por conceder a los niños la oportunidad que dolorosamente han perdido nuestros jóvenes. El hartazgo sorpresivamente demostrado a través del sufragio del pasado domingo debe ser un elemento motivador para un cambio positivo, y no un instrumento para acribillar, a través del mecanismo del carro completo, la cláusula democrática cuyos frutos apenas se empezaban a dibujar.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.