México de los señoritingos
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México de los señoritingos

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México de los señoritingos

05/06/2018

Después de escucharlo tantas veces me pregunto si es cierto, o no, que México es una sociedad de señoritingos: el término empleado por AMLO para distanciarse de aquellos a quienes critica y con apoyo en los cuales forma un importante cúmulo de seguidores.

Al final del día, las luchas sociales de los últimos años, en todo el planeta, están relacionadas con una honda inconformidad humana, por distintas razones, que ha logrado aflorar en la voz de líderes sociales que han reivindicado el planteamiento y utilizado la inercia que genera para llegar al poder. Casi ninguno de esos líderes ha terminado con los problemas identificados y sí, en cambio, la relación geopolítica mundial se pinta cada vez más negra.

Desde el 1 de enero de 1994 en que el EZLN declaró la guerra al Gobierno Federal, no habíamos visto realmente ningún movimiento que auténticamente enarbolara la bandera de los problemas de división, de pobreza y falta de movilidad de los que aquejan a nuestra sociedad.

Entonces y ahora se advierte la efervescencia que produce el hartazgo de una buena clase social que se debate en la miseria para subsistir diariamente, o que está impedida de acceder a una plataforma mínima de despegue por su condición humana, por su color o lugar de nacimiento. Hablamos de millones de mexicanos que se sienten discriminados en su propio país.

El discurso que pregona AMLO, constante puntero en las encuestas, no está vacío; sus palabras son la respuesta puntual a una sociedad esencialmente clasista, en la que impera un racismo que encuentra su origen en la fundación misma de nuestro país y en ese mestizaje incompleto, que preservó extranjeros de primera y una clase nativa conquistada, a quien la historia ha impuesto una condición de dominación insostenible.

Cualquiera que sea el partido o candidato que gane la elección el 1 de julio, deberá afrontar esta realidad, porque en el fondo, es precisamente lo que ha llevado a una significativa porción de electores a encontrar en el tabasqueño la imagen de un salvador. Este proceso electoral ha dejado de ser una contienda entre partidos y candidatos, y se ha convertido en una lucha de clases que persigue la asimilación de una legítima demanda nacional.

El problema tiene que ver con la capacidad para entender la problemática y la competencia para enfrentar el reto. Hablamos necesariamente de la difícil labor de armonizar una verdadera revolución social, en una coyuntura que obliga a mantener un ritmo de crecimiento económico. No podría entenderse un proceso de integración de las clases más vulnerables hacia el ramo de las actividades productivas, generadoras de riqueza, en un entorno de estancamiento o franca recesión.

Es ahí en donde la fórmula del pastor palidece, en donde las incongruencias del planteamiento de su alternativa de Nación impiden la consolidación de su proyecto, y en donde aparece la solidez y madurez de quienes han venido forjando la plataforma e instituciones que podrían proyectar a México hacia una transformación económica duradera.

Los tres candidatos tienen ante sí el despertar irreversible de un reclamo social cuyo fundamento es sólido, es histórico y es insoslayable. Y tienen al mismo tiempo la necesidad de mantener un modelo de gobierno que exige disciplina, orden y claridad, pues de ello dependerá la conservación de los flujos de inversión que den sustento a la primera. Lamentablemente, la generación de riqueza no se resuelve por decreto.

Debemos aprender de la historia labrada en otras latitudes y entender que la erradicación de la pobreza comienza con la alimentación, continúa con la educación y termina con la institucionalización de la legalidad y el estado de derecho. Quien llegue a presidir a México, debe de entender la relevancia que tienen instituciones ya concebidas y de las que ha dependido la solución de problemas históricos, como el Banco de México, el INE, el IFETEL o la COFECE. La misma importancia tiene la reforma al artículo 3º de la Constitución en materia de educación.

Es el momento en el que la construcción de nuestra meritocracia, de la premiación del esfuerzo y del trabajo, del crecimiento cierto de una gran clase media y la edificación de un piso parejo para todos, deberá empezar por limpiar la casa de corrupción y privilegios, de terminar con la inseguridad y la recuperación del espacio público, a través del impulso de políticas públicas que encumbren un principio de solidaridad hasta hoy olvidado.

Es cierto que México es una sociedad con señoritingos, pero no menos lo es que nuestro México está lleno de ciudadanos capaces de entender el momento histórico que atraviesan. El 1 de julio terminarán los discursos y comenzará un proceso de transformación social que hará de este un mejor país, cualquiera que sea el candidato vencedor que llegue a dirigirnos.

Otrosí digo

En el marco de todas las ideas anteriores, ¿Qué interpretación debemos de dar a las marchas y plantones emprendidos ayer por la CNTE en el Centro de la Ciudad de México, en Oaxaca y en Chiapas? ¿Qué intereses representan? ¿Es esa la educación que deben tener quienes hallan en este movimiento social un proceso de cambio?

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.