La dudosa fatalidad de las estadísticas
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La dudosa fatalidad de las estadísticas

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Opinión

La dudosa fatalidad de las estadísticas

14/02/2018
Actualización 13/02/2018 - 21:54

Esta semana termina el período de precampañas políticas y la designación de candidatos. Las serias limitaciones impuestas por la ley por cuanto a la información y propuestas que éstos podían compartir públicamente, nos llevan a tener serios cuestionamientos respecto de la confiabilidad del elemento de la medición electoral que se ha venido teniendo minuto a minuto: las estadísticas.

Porque si hay algo que ha ocupado las primeras planas de los periódicos de circulación nacional con insistencia contumaz, son precisamente los resultados de la medición de las preferencias ciudadanas con relación a cada uno de los tres candidatos postulados, y la fatalidad anunciada de que, quien en teoría debería resultar ganador de la contienda, si la votación fuera hoy, es Andrés Manuel López Obrador.

El punto es que, si el mismo principio fuera fiable en todo lugar y época, partiendo de la base de que toda medición electoral se ha venido realizando con similares bases y premisas, entonces Hillary Clinton debería ser Presidenta de los EU y la Gran Bretaña no debería de estar inmersa en este proceso de exclusión de la Unión Europea.

La estadística que coloca como puntero al candidato tabasqueño obedece a una circunstancia muy clara: es el único cuya propuesta de gobierno ha sido realmente compartida (durante doce años); es el que lógicamente ha estado más expuesto y es más conocido por el electorado; y es el que más se ha beneficiado de los propios avatares que con sus propias particularidades han debido atravesarse en la selección de los candidatos contra quienes contiende, auténticos procesos de parto que arrojan a aspirantes que, aún con incomparables cualidades políticas, profesionales o personales, se trata de personajes que no han compartido la luz y el micrófono en la arena de la carrera hacia Los Pinos.

Es previsible y necesario que la medición anunciada se tome con reservas, y que tanto medios de comunicación y líderes de opinión, como la sociedad civil, hagan lo propio para tomar sana distancia con relación a este hiperrealismo deformado de un proceso que, así conducido, puede ser terriblemente antidemocrático.

Es necesario decirlo porque la vociferación del resultado estadístico provoca un estado de ánimo que resulta contrario a nuestra aspiración plural, si apreciamos que la votación hasta ahora expresada nace a partir de la desinformación sobre las propuestas de partidos y candidatos, y del desconocimiento de la personalidad y capacidades de todos los que contienden.

La legislación ha permitido que se publicite indiscriminadamente el resultado de la medición electoral, sin miramiento alguno del impacto anímico en perjuicio del elector, y simultáneamente ha prohibido que se publicite aquello de lo que más debemos estar empapados los entrevistados: las propuestas de campaña.

Bajo la idea mal concebida de que no se trata propiamente de una campaña electoral, pero sí forma parte de un proceso político, se ha maniatado a los candidatos (lo cual, dicho sea de paso, constituye una prohibición que perjudica aún más al del PRI, que como Secretario de Estado se vio todavía más limitado por restricciones constitucionales imponibles a todo servidor público), y se les ha restringido para hablar, propiamente, de política.

De esta manera, el recuento de los hechos acontecidos hasta ahora arroja una falacia, que se basa en una sobreexposición de las personas y una subexposición de sus ideas; un resultado que con el transcurso de los meses va a cambiar, no con motivo de los tropiezos en que incurra un candidato con relación a otro, sino con el mero hecho de conceder a todos, conjuntamente y al unísono, la oportunidad de expresar su propuesta de gobierno y develar sus facultades para llevarlo a cabo.

Otrosí digo

A lo largo de los años, se ha compartido incansablemente la idea de que el candidato de Morena vendría a significar una transplantación del régimen de Hugo Chávez en México. Honestamente no creo que eso pudiera suceder en términos económicos por muy diversas razones: no tenemos la riqueza petrolera de Venezuela y necesitamos de una economía de mercado; no ha sido una convicción personal del mismo candidato así probada durante su paso por el gobierno del Distrito Federal; y nuestro país goza de instituciones muy sólidas que arropan a la república y, con ella, al régimen de división de poderes.

Me preocupa, sin embargo, el diseño de los canales previstos en la Constitución de la capital para

conformar el Poder Judicial, y la facilidad con la que una disfunción del proceso electoral como la que venimos viviendo puede desbalancear el Congreso, porque ese diseño podría replicarse en el ámbito federal, y eso podría cambiar el juego de poder y las instituciones conformadas para la conservación del régimen democrático actual.

Un hecho así, aunado a la eliminación del fuero y la conformación de un súper Poder que se adueñara de funciones encomendadas al IFT, callaría cualquier voz crítica en contra del gobierno, que podría encabezar un candidato que se ha mostrado intolerante frente a los medios y a quienes expresan ideas negativas de su persona y de su proyecto de Nación.

Un viraje de timón de tales dimensiones, podría conducir al país a la desgracia en que ya se encuentra sumida la quinta parte de la población nacional: la que habita en la Ciudad de México; en donde podemos seguir teniendo y preservando una economía liberal y funcional, pero en la que se ha enquistado un gobierno de izquierda que impulsa incansablemente una agenda liberal, y en el que se ha trasladado el ejercicio de poder de un candidato hacia sus propios sucesores designados, sin posibilidad alguna de recuperación de control por la oposición a través de una sana alternancia.

Si el Gobierno Federal habrá de parecerse al de la Ciudad de México, nuestro país no se convertirá en un régimen como el de Maduro; simple y sencillamente habrá llegado a la silla presidencial, el mismo régimen dominante y hegemónico que a través de un largo proceso de democratización logró transformarse desde el año 2000. Un retroceso de casi cuarenta años. No veo en Morena el liderazgo de un auténtico demócrata.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.