El respeto que nos merecemos
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El respeto que nos merecemos

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El respeto que nos merecemos

22/05/2018

En la carrera por asirse a un claro segundo lugar, la intervención de José Antonio Meade, primero, y de Ricardo Anaya, después, auguraban que habría de ser un mucho mejor debate que el primero. El vaticinio era lógico y natural, incluso, porque el formato del debate autorizado por el INE era totalmente nuevo en México y permitiría a los candidatos mayor tiempo y flexibilidad para expresarse libremente. Desafortunadamente, las cosas no siempre salen bien a la primera.

El protagonismo de Krauze y Yuriria Sierra resultó asfixiante, y la complejidad de sus intervenciones y preguntas un martirio para quienes esperábamos una participación más propositiva de parte de los candidatos, libre de ataduras que restringieran la expresión de su verdadera personalidad.

La primera pregunta fue una verdadera paella, una serie de premisas salpicadas que, aprovechadas a la carrera por el cocinero, le ofrecen al comensal un platillo que tiene una apariencia vistosa y rica, pero que ante su simpleza culinaria, normalmente es poco lucidora, un guiso que sabe a un poco de todo. En síntesis, la pregunta fue: de llegar a la presidencia ¿Qué hará usted para que el Presidente Trump respete a México? Me parece una pregunta tonta y mal intencionada. Después de haber visto su conducción por parte de los “moderadores”, que con ella se aferraron para molestar a Anaya, y a Meade principalmente, la veo como una pregunta deshonesta.

Los cuatro candidatos cayeron en la trampa y sucumbieron ante la invitación que la propia pregunta conlleva, para hablar y construir una retórica altamente demagógica, empezando por Rodríguez Calderón.

¿Cómo hacer que se respete a México? Hablándole a Trump como se le habla a un Presidente y obligando a los gringos a respetarnos como país. ¿O sea? … Y después Anaya, suspendiendo los acuerdos suscritos por ambos países para combatir al terrorismo internacional “¿Saben cuantos terroristas han ingresado por México?”, dijo….Cero. ¿De verdad?, ¿Y los compromisos multilaterales en esa materia dónde quedan?

No había respuesta válida para esa pregunta. El Presidente no tiene la función de actuar como Julio César Chávez en representación del pueblo de México. Las respuestas más cercanas a lo que debe hacerse provinieron de López Obrador y, sobre todo, de José Antonio Meade. ¿Dónde quedará la reconocida diplomacia mexicana si nuestros contendientes asumen que el respeto a nuestra Nación se gana a base de puñetazos?

Suecia, Corea del Sur y Holanda, por mencionar algunos, son países con una superficie y población de tamaño considerablemente menor a los de México, que han ganado un reconocido prestigio y el respeto de todos los gobiernos del mundo. Su éxito no se basa en su poderío militar o en su trayectoria olímpica en las artes marciales, sino en algo que hoy debemos entender y que atañe a todos los mexicanos: a su desarrollo económico y social, al orden que los caracteriza y la vigencia del estado de derecho, a la educación de su gente y promoción de su cultura, a la productividad y adecuada distribución de la riqueza, y al funcionamiento eficaz de su gobierno en todas sus áreas de desenvolvimiento, empezando por la impartición de justicia. ¿Han sido sus reyes o ministros quienes han exigido y hecho valer el respeto a su pueblo? No, ha sido el pueblo mismo el que lo ha ganado, siempre bajo la dirección atinada de un gobierno honesto electo democráticamente.

Así las cosas, al señalar Meade que la utilización eficaz de los canales diplomáticos y la invitación al candidato Trump sí funcionó y ha mantenido vigente el TLCAN hasta la fecha, demuestra su visión de Estado y el entendimiento de la importancia de la relación bilateral y la operatividad de los canales del derecho internacional, y al señalar López Obrador que habrá de lograr el respeto cuando erradique la corrupción, no es desatinado al identificar uno de los elementos que más perjudican el sano desarrollo del país y su dignidad.

Otrosí digo

El accidente de la aeronave mexicana alquilada por Cubana que dejó más de un centenar de personas sin vida, tuvo lugar justo después de haber despegado del aeropuerto José Martí de la Habana. Para bien de muchas personas más, al desplomarse el aparato cayó en una zona despoblada dedicada al cultivo, de lo contrario podría haberse elevado la cifra de muertos a cientos más.

En el Aeropuerto Benito Juárez de la Ciudad de México, el despegue de los aviones varía en función de la dirección del viento. En la mayoría de las ocasiones, las aeronaves toman pista y se elevan en dirección al lago de Texcoco, hacia una zona parcialmente despoblada en donde hoy se ve, desde el cielo, el trazo del nuevo aeropuerto.

Sin embargo, en algunas ocasiones el despegue lo deben de hacer en sentido inverso, es decir, tomar pista y elevarse justamente en dirección hacia el centro de la Ciudad de México, la segunda zona más poblada del planeta.

¿Podría usted imaginarse de qué tamaño habría sido la tragedia, si el accidente ocurrido en La Habana hubiera tenido lugar en la Ciudad de México? Al fin y al cabo, era una aeronave mexicana, tripulada por compatriotas. ¿Acaso no podrían haber volado aquí? Inclusive, aviones en excelente estado de servicio y conservación han sufrido averías y accidentes en otras partes.

La construcción y terminación del Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México no debería de ser, en modo alguno, un tema sujeto a cuestionamiento por parte de los candidatos. Cualquier aspirante a ocupar el cargo de Jefe de Estado del país debe saber diferenciar cuáles son las causas auténticas de interés público.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.