AMLO, el enemigo del presidente
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AMLO, el enemigo del presidente

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AMLO, el enemigo del presidente

04/12/2018
Actualización 04/12/2018 - 11:12

Los señalamientos fueron implacables. La refriega contra el expresidente y la época que representaba, y las acciones encaminadas a derribar el proyecto político saliente fueron apabullantes. Más de una veintena de representantes internacionales fueron testigos de la vergonzosa desacreditación de la que fueron sujetos los dos partidos políticos que representan la sobreviviente oposición mexicana. ¿Era necesario?

La comparativa de las fotografías del Zócalo tomadas el mismo día 1 de diciembre de 2012 y de 2018 invitaban a proclamar la amplia legitimación del flamante titular del Ejecutivo federal: las primeras un testimonio del uso reprochable de la plaza cívica más importante del país para aparcar limosinas y patrullas; la segunda, la imagen de una fiesta popular a la que confluyeron decenas de miles de mexicanos. Un detalle pasa desapercibido.

En los titulares de los primeros días de diciembre de 2012, los periódicos daban cuenta de los disturbios ocurridos con motivo del cambio de administración y la toma de protesta de Enrique Peña Nieto. La gravedad de los hechos fue tan notoria que debieron presentarse acusaciones criminales contra decenas de jóvenes que participaron en ellos. Pronto la Asamblea Legislativa procedió a derogar el delito de Ataques a la Paz Pública que contemplaba el artículo 362 del Código Penal del Distrito Federal, hecho que hizo evidente la intervención de los movimientos progresistas. Los ataques perpetrados contra comerciantes del Centro de la capital, y contra el gobierno priista entrante, quedaron impunes.

Del 30 de julio al 15 de septiembre de 2006, el candidato vencido en las urnas, Andrés Manuel López Obrador, decidió organizar un plantón en la avenida Paseo de la Reforma con el objeto de protestar en contra del resultado electoral que concedió la victoria al licenciado Felipe Calderón Hinojosa. Centenares de tiendas de campaña impidieron la circulación y la paz entre la ciudadanía a lo largo de cuarenta y siete días que duró el movimiento. El 1 de diciembre de ese año, el presidente entrante debió ingresar resguardado y a escondidas al Palacio Legislativo federal para tomar posesión del cargo. Tampoco fueron tiempos de festejo.

El sábado pasado, desde la tribuna del Palacio de San Lázaro, el hoy presidente constitucional reclamó la falta de resultados del neoliberalismo y criticó las políticas emprendidas a lo largo de los últimos treinta y seis años, como si el país sólo hubiera retrocedido en ese tiempo.

Viéndolo en retrospectiva, puede elaborarse una gran lista de cambios, tanto legales como relativos a políticas públicas, que hacen de nuestro país la catorceava economía global. Hoy no nos detendremos a remembrarlos.

Un factor ha estado presente a lo largo de los últimos dieciocho años, que ha impedido organizar fiestas en las plazas públicas con el cambio de administración: hemos convivido con una feroz oposición de la izquierda que ha provocado un clima de inestabilidad y de zozobra permanente; una contumaz izquierda que, apoderada del discurso alrededor de los derechos humanos, no colaboró en la construcción de un mismo México, sino que emprendió un camino crítico que impidió consolidar instituciones clave para lograr un triunfo necesario en la lucha contra la criminalidad.

Nadie puede negar la enorme capacidad y la astucia con que nuestro presidente alcanzó el triunfo en las elecciones de julio del presente año. Desde luego que la estrategia emprendida y su indudable capacidad para identificar los puntos ciegos de la política económica de derecha, enfocada en la engorda de un aparato productivo que olvidó al individuo, deben tener una página apartada en los libros de historia del país. No ha habido candidato opositor con más tesón y perseverancia que Andrés Manuel López Obrador.

Sin embargo, debe también de reconocerse que, muchos de los tropiezos recriminados a los gobiernos del PRI y del PAN a los que se juzga, encontraron su origen en acciones orquestadas y desarrolladas por este nuevo gobierno que comienza.

Hoy, nuestro presidente goza de una situación inigualable con relación a todos los que lo precedieron; no sólo ha ganado victoriosa y contundentemente la elección que lo ha llevado a ocupar el máximo cargo de representación nacional, sino que también, no tiene ante sí al candidato Andrés Manuel López Obrador. Ese factor constituye un elemento positivo e importante que se debe tomar en cuenta.

Ahora, no obstante, nuestro presidente, como jefe del Estado mexicano, tiene el deber de gobernar para todos -incluidos aquellos que no votaron por él-; tiene la obligación de actuar con apego a la ley y consolidar una verdadera democracia, en la que queden incluidos quienes no comparten su visión de país; tiene el mejor interés en armonizar los intereses que prevalecen en los sectores público, privado y social, para mejorar la productividad y la riqueza de los mexicanos; tiene que lograr la concordia entre millones de ciudadanos que han vivido enfrentados con motivo de una estrategia de comunicación que se empeñó en contrastar dos visiones opuestas de país.

Es esa misión a cargo del titular de la administración pública federal la que nos lleva a cuestionar y criticar el discurso y la actitud que mantiene Andrés Manuel López Obrador, hasta en la fecha misma en la que el presidente de la mesa directiva de la Cámara de Diputados le coloca la banda presidencial. El luchador social que persiguió la presidencia durante dieciocho años, busca el debate y la contienda hasta cuando ha ganado. Enfrentamos el riesgo de que el presidente de la República llegue a ser derrotado, otra vez, por el candidato.

Puede quizá entenderse cómo, durante el largo período de campaña, el discurso del aspirante se dirigiera a denostar a sus opositores, a identificar y recalcar los graves errores cometidos durante la administración saliente, o las anteriores. Sin embargo, tras el grave y costoso reclamo hecho por los inversionistas en las semanas anteriores al pasado 1 de diciembre, tras la cancelación del aeropuerto y los otros proyectos de los que tanto se ha hablado, lo que muchos mexicanos deseaban escuchar era la voz de un presidente conciliador.

Ayer lunes ha iniciado sus actividades y ha vuelto a imponer los toques y características propias de su quehacer público, con el resurgimiento de las conferencias matutinas que inauguró siendo jefe de Gobierno. Muchos de los jóvenes que votaron por él para llegar a esta posición, no conocieron o no recuerdan el ambiente que pervivió a lo largo de ese sexenio, en el que los enfrentamientos entre el presidente de la República y el entonces jefe de Gobierno de la capital, desencadenaban en un clima de desorganización e inestabilidad que perjudicó la credibilidad de la institución presidencial.

El señor pesidente López Obrador, hoy, ya no tiene que callar chachalacas, ni armar plantones, ni organizar protesta alguna. Muchos esperamos que, tras la efervescencia del triunfo, aparezca el sosiego y la cordura del jefe de Estado, y que las decisiones que tome, de izquierdas o derechas, sean las que más le convengan a México, en el camino de generar actividades que produzcan inversión y empleo, educación y cultura de calidad, vía única para convertirnos en la nación próspera y desarrollada que anhelamos ser.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.