Opinión

Antisistema

 
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elecciones Francia. (Shutterstock)

El fenómeno de la globalización y el fin de la Guerra Fría que enfrentaba a dos sistemas políticos y económicos antagónicos –el socialismo realmente existente y el capitalismo con sus distintos niveles de desarrollo– produjo paulatinamente un sector social atado a los vestigios del viejo modelo productivo, y que no se transformó y menos incorporó a las nuevas formas de producir riqueza y gozar de los beneficios de la misma. Grupos sociales urbanos y rurales beneficiarios del Estado benefactor y del proteccionismo económico que les brindaba el privilegio de no tener que competir con empresas e individuos más eficientes de otra zonas del planeta, fueron construyendo paso a paso los movimientos primero llamados globalifóbicos y luego de alternativa política radical, cuyo objetivo era y sigue siendo recuperar esos privilegios del pasado perdidos durante las últimas décadas.

Y esto incluye a jóvenes que ante la obligación de cargar con el peso de mantener las pensiones de esos viejos jubilados a los 50 años de edad y que vivirán más de 80, contradictoriamente demandan los mismos privilegios que sus padres y abuelos sin comprender la imposibilidad material de reproducir ese modelo improductivo y anacrónico. Empleos que cada vez se vinculan a una nueva forma de desarrollo tecnológico y a una esperanza de vida más larga que en el pasado, obligan a pensar en formas más imaginativas de incorporación de la población al aparato productivo, pero la mayoría de los identificados con el discurso del antisistema no lo ven así.

En Francia, los dos candidatos que avanzan a la segunda vuelta en la elección presidencial se presentan como alternativas antisistema. Pero mientras que el Frente Nacional de Le Pen se ubica en la línea retardataria del Brexit y Trump, y cuyo objetivo es la reconstrucción de un nacionalismo francés basado en el proteccionismo económico y la sustitución de la Unión Europea por acuerdos bilaterales propios de las épocas previas al surgimiento de la Comunidad Económica Europea, el planteamiento de Emmanuel Macron, que también rompe con la estructura tradicional de los partidos políticos y el discurso de una Francia conservadora atada a privilegios que le impiden crecer y generar empleos para los jóvenes, se presenta como la opción renovadora dentro de la Francia y la Unión Europea en su conjunto.

Emmanuel Macron y su movimiento En Marche!, son la primera respuesta política positiva a la regresión globalifóbica triunfadora en Gran Bretaña y Estados Unidos. Reconociendo las limitaciones burocráticas, improductivas y carentes de una política fiscal efectiva por parte de la Unión Europea, la propuesta Macron supone un rompimiento con la parálisis de la Francia atada al pasado y para ello requerirá de una gran alianza legislativa que tendrá que construir a partir del resultado de las elecciones legislativas de junio. Por supuesto que primero hay que ganar la elección del 7 de mayo, pero dado el apoyo que Macron tiene hoy por parte de la mayoría del espectro político francés, el triunfo estaría casi asegurado.

Durante el siglo XX Europa fue el escenario de la destrucción permanente de su población, sus ciudades y sus centros de producción.

La cuna de la civilización occidental fue el infierno para millones y millones de seres humanos masacrados por los nacionalismos y totalitarismos que destruyeron un y otra vez los principios democráticos de la cultura europea. La idea de la creación de la Unión Europea y su concreción en la última década del siglo pasado, resolvieron esas viejas pugnas y abrieron la puerta a una Europa plural, tolerante y desarrollada. Hoy, el triunfo del antisistema en la figura de Emmanuel Macron es sin duda la respuesta constructiva a aquellos que desde la misma posición de rechazo al sistema, intentan reconstruir la Europa suicida del siglo XX.

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