Opinión

Antipriismo

 
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Los trabajos en la sede del PRI iniciaron desde 2013.

Después de una jornada electoral, las lecturas, interpretaciones o análisis acerca del voto y sus motivaciones toman varios días o semanas. Revisar distrito por distrito, operadores y estrategias es un trabajo fino que requiere dedicación precisa. A pesar de ello, existe una generalizada percepción de que el argumento que impulsó las siete victorias del PAN y el derrumbe del PRI el pasado domingo, está relacionado con la mala gestión de gobierno y, especialmente, la corrupción.

En este espacio hemos señalado a lo largo de los últimos seis meses el evidente, escandaloso y urgente reclamo social en todo el país en contra de la corrupción rampante. Incluso insistimos en que la única carta política restante para esta administración se reducía a una firme, contundente y eficaz lucha contra la corrupción.

Los resultados del domingo representan una respuesta inequívoca a este reclamo: a pesar de la maquinaria priista, de la confianza
–nostálgica– en un voto duro que se esfuma y se desvanece, en los operadores y los resortes habituales, el PRI fue abatido en tres entidades cuyo sello distintivo han sido los niveles de corrupción, peculado, desvío de fondos, empresas fantasma y otros excesos.

Chihuahua, Quintana Roo y Veracruz encabezan la lista de una generación de gobernadores priistas impresentables a quienes nadie, en la vieja cultura presidencialista del país y del propio PRI, quiso llamar a cuentas, exigir orden, transparencia y el más mínimo decoro.

Los gobernadores del PRI sí se 'cuadran' frente al presidente, sobre todo si es de su partido. El presidente Peña, por su propio origen como gobernador, por los lazos y vínculos construidos con muchos de estos excolegas y –hay que decirlo– patrocinadores de su campaña a Los Pinos, eligió no tocarlos.

Más allá de los errores cometidos en la campaña, en las estrategias, en las escandalosas encuestas que todavía, a media jornada dominical, prometían ventajas y alegres números que nunca se hicieron realidad, existe una responsabilidad innegable en que el famoso combate frontal a la corrupción nunca llegó, no se concretó, no avanzó en un Senado dilatorio y escurridizo.

Existe un amplio sentimiento antipriista en el país, que se tradujo en los números que todos conocemos.

Que no existan engaños o interpretaciones equívocas en las lecturas y los análisis, el electorado se comportó con enorme madurez, con una conciencia inusitada al emitir un voto de auténtico castigo a prácticas y ejercicios de gobiernos cínicos y ofensivos frente a la ciudadanía.

No defiendo al PAN que ya tendrá que rendir cuentas con sus promesas de cárcel e investigación minuciosa a los que actuaron indebidamente.

Porque hasta ahora ni el señor Jaime Rodríguez en Nuevo León –es ridículo, vaya simbólico, el embargo de un rancho para el tamaño del desfalco–, como tampoco la señora Pavlovich en Sonora, han cumplido con la promesa de llamar a cuentas a sus predecesores.

Parece que iniciamos una época en que el 'tapaos los unos a los otros', premisa central de la impunidad política, llega a su fin, o por lo menos la ciudadanía expresa y manifiesta su rechazo contundente a esa cultura.

No tengan duda los señores del PAN: ganaron por un incuestionable voto antiPRI, anticorrupción, antiimpunidad. Ahora hay que cumplir los compromisos ofrecidos.

No se trata de iniciar una cacería de brujas, de perseguir y encarcelar a todos los funcionarios, simplemente de sentar precedentes y enviar mensajes indudables de que hay castigo para los desfalcadores y ladrones.

El PRI tendrá ahora que iniciar un proceso de análisis interno, de autocrítica y de reflexión. Asumir desde ya, que el elector castiga, enmienda, retira el apoyo que algunos piensan asegurado e incondicional. Si hubieran actuado a tiempo contra los excesos de los Duarte, de Borge, de Ángel Aguirre, del propio Cué, del mismo Padrés, ¿los resultados hubieran sido distintos?

El Partido Acción Nacional enfrenta la oportunidad histórica de marcar una diferencia y de establecer un ejercicio de gobierno distinto, transparente, efectivo, honesto y rendidor de cuentas. Si lo consiguen y lo construyen en alianza con el PRD, se convertirán en actores primordiales para 2018. Si se equivocan, si 'nadan de muertito' (Pavlovich, El Bronco) la ciudadanía castigará su desempeño con el rechazo en las urnas a sus candidatos y propuestas.

Las experiencias de los gobiernos aliancistas de hace seis años (Gabino Cué en Oaxaca, Malova en Sinaloa y Moreno Valle en Puebla) resultaron negativas en el contexto político de un gobierno de alianza.

Esta vez deberán estudiar las posibilidades de construir una auténtica alianza de gobierno, más allá de lo electoral, lo que representaría la ventaja de la vigilancia mutua.

El 2012 representó una oportunidad histórica para un hipotético PRI renovado, que tuvo el momento y el escenario para impulsar la ambiciosa agenda transformadora. Lo hicieron, la impulsaron, construyeron acuerdos y pactos; pero no alcanzó para renovar al partido que, tristemente, demostró ser el mismo de siempre. Los votantes lo vieron con claridad y decidieron en consecuencia.

Twitter: @LKourchenko

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