Opinión

Antípodas

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Cuatro títulos que podrás disfrutar de su lectura para este fin de año. (Archivo)

Uno. En los tiempos (dichosos) en los que la crítica intelectual la tomó contra la propaganda comercial (y contra el pobre Pato Donald), con un encono y mala sangre que se extrañan en la censura (tibia) a la propaganda oficial (poderes, niveles, organismos autónomos, partidos), se experimentaba una especie de enajenación. A la campaña buena conciencia contra, por ejemplo, los detergentes, verdugos de la Tierra, se respondía con una avalancha de “jingles” y la prédica de excelencias del producto que sólo existían en el caletre de las agencias publicitarias. Dos discursos opuestos, dos mundos sin conexión. Antípodas.

Dos. Frente a la crítica de un grupo de intelectuales de coyuntura (no en tanto intelectuales sino en tanto comentaristas políticos), que se cifra en la expresión “El silencio de Los Pinos”, y que, en resumen, apunta que el Ejecutivo federal en turno no escucha, y si escucha no oye, y si oye no contesta, Enrique Peña Nieto acciona su blog y su Twitter (instrumentos impensables hace algunos sexenios).

Tres
. Los comunicados de marras, con fecha del 31 de diciembre de 2015, clausura y apertura más que cronológicas, podrían considerarse desmentidos del silencio presidencial a las voces especializadas (no pocas posdoctorales), sí, pero también al informe y creciente malestar de la sociedad, el común, el pueblo. Lo incuestionable es que se alzan opuestos, antitéticos, antípodas, dos mundos.

Cuatro. Amén del deseo presidencial, que se agradece, de feliz festejo, el blog contiene cuatro afirmaciones. El de 2015 fue un año en el que México avanzó al romper inercias y eliminar barreras que le impedían desplegar toda su potencia (una). Estamos mejor preparados para el futuro (dos). Destinados estamos a convertirnos en una de las naciones más prósperas, de mayores beneficios colectivos; vaya, todo un “gran referente para el mundo” (tres). Hoy, más que nunca, debemos creer en México (cuatro).

Cinco. Al margen de que, en tales términos, el presidente no puede hablar a nombre de la nación mexicana, sino sólo de su gobierno, lo inconcuso es que en 2015 se cumplió sin resolverse (antes enmarañarse) el primer aniversario de la noche nazi de Iguala y siguen desaparecidos los 43 (o 42) normalistas, se depreció el petróleo y se vino abajo la moneda nacional, El Chapo puso por segunda vez pies en polvorosa mientras cruzaba el Atlántico un séquito faraónico, a la verdad “legal” del secretario Andrade (amigo y subordinado) sobre la 'casa blanca' le apareció un libro con visos de implacable expediente judicial.

Seis. Etcétera, etcétera, etcétera. ¿Prepararnos los mexicanos para qué futuro? Y en cuanto a creer en México, a dicha creencia, sin lugar a dudas natural, extendida y permanente, no puede negársele su fondo actual de incertidumbre. Incertidumbre que crece con la dura realidad interna y externa.

Siete. Visto lo supradicho, a deseo navideño suena la promesa de prosperidad, de multiplicación a lo maná de los peces; cuantimás lo de México, blasón y prez del planeta. A pocos días circula un editorial procedente del exterior, del New York Times para ser exacto, que sólo puede calificarse de aguafiestas.

Ocho. El Twitter presidencial, por su parte, publicita, top ten de América Latina, la entrega (con costo, nos costó) de diez millones de televisores, uno “de cada tres hogares”. Aquí sí sin costo alguno para el duopolio televisivo, de esta suerte equipado para el “apagón analógico”. Con todo y que la señora Laura entró en receso y Chabelo en el salón de la nostalgia, no sé si adulta o infantil. Aunque nos queda Lichita.

Nueve. A lo mejor a donde deberían orientarse las baterías de la crítica no es a la ausencia de diálogo público, que parece impensable, sino a la impunidad y el costo simbólico del monólogo.

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