Opinión

Ante nuestra vulnerabilidad, una inmensa esperanza

 
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sismo

Noam Chomsky, el profesor emérito del MIT y autor de más de un centenar de libros, se pregunta en su última publicación: “¿Qué clase de criaturas somos?” Si pudiera ver lo ocurrido en la Ciudad de México se asombraría ya que él mismo, en algún libro ha escrito que ninguna sociedad, aun la más pequeña, jamás ha estado compuesta por una masa de ciudadanos homogénea. En efecto, los mexicanos somos seres poliédricos e imprevisibles. Del mismo modo que se presentó el terremoto, así, súbitamente, brotó la determinación de todo un conglomerado dispuesto a no dejarse vencer y lo que es determinante: a ayudar a desconocidos, unidos todos por un invisible y férreo lazo de fraternidad.

Desde 1985, Mario Molina y Sherwood Rowland han denunciado y recalcado el daño que le hemos hecho al planeta con acciones que nos han llevado al calentamiento global con todas sus consecuencias. La masa terrestre ha respondido y dado que vivimos en la costra de su centro, nos hemos convertido en seres extremadamente vulnerables al punto que, para efectos reales, somos prescindibles. No contamos para nada en el desarrollo del universo. Esa constante la tenemos todos los días en los cinco continentes.

Decía Ricardo Garibay, el escritor de rango superior, que la vida de los mexicanos cambiaría si tuviéramos la oportunidad de leer el que consideraba el más aleccionador de los libros: El cantar de los cantares. Este documento compuesto por bellos versículos, pleno de significado y belleza, ha sido considerado universalmente como “la canción más hermosa por excelencia” y supuestamente redactado por el rey Salomón. Sintéticamente enseña en qué consiste el amor verdadero entre un hombre y una mujer. A pesar de estar en la Biblia, es un libro cargado de erotismo y belleza. Garibay insistía que eso cambia la naturaleza misma de quien lo lee y ofrece abismos insondables de compasión, apertura, comprensión y amor entre los seres humanos.

Todo ello teniendo en cuenta la fragilidad extrema a la que están sujetas nuestras vidas, de suyo inciertas y, sobre todo, breves. Pues bien, parecería que miles, decenas de miles de mexicanos, han pasado por esa lectura y la han asimilado particularmente bien.

El heroísmo tranquilo de la vida cotidiana (Sheller) fue roto abruptamente y nadie imaginó que una sociedad, supuestamente dividida en sus opiniones políticas, pudiera responder como lo ha hecho ante la adversidad y el dolor.

Y así lo ha resuelto porque los ciudadanos sólo se mueven cuando se sienten socios de las decisiones tomadas. Por ello hemos visto que la sociedad mexicana se ha movido desde abajo, porque cada quien quiere tener su parte de responsabilidad en la comunidad, especialmente sin que nadie se lo ordene. Los hechos vistos en Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Morelos, Distrito Federal, hablan de que no se trata sólo de sobrevivir, sino que se han echado a andar recursos inmensos de espontaneidad, de sensibilidad, de compasión y con ello se da lugar a lo que en Grecia se llamaba civilización. Es nuestro inmenso descubrimiento. Cuando nos lo proponemos, somos una gran nación, un conglomerado arquetípico y dispuesto al sacrificio para alcanzar la esperanza de ayudar y tener comunión con aquél que siendo lejano, es un hermano.

Imaginemos por un momento esta misma ola de confraternidad dispuesta a terminar con la servidumbre voluntaria que mencionaba Platón. No hacer caso y rebelarse ante el abuso, la corrupción, la violencia y el mal gobierno.

¿Qué faltaría para que eso se diera, acaso un terremoto político al cual estamos cercanos por el hartazgo proveniente de la mediocridad y el pésimo funcionamiento de servicios básicos?

En sólo horas ya somos más de 600 mil personas quienes hemos firmado un texto de exigencia destinado a las cámaras de Diputados y Senadores para achicar considerablemente el inútil dispendio en gallardetes, anuncios, cachuchas y vacuidades de que se valen los partidos políticos para expresar nimiedades y lugares comunes. Gratis se les proporciona tiempos en radio y TV para que expongan, si los tienen, programas e ideas. Los recursos destinados a esas corporaciones que alcanzan los casi siete mil millones, más lo destinado a los gastos de campaña y elaboración física de las elecciones, deben ser canalizados a la reconstrucción de los daños, que necesita una sociedad capaz de moverse sin que nadie se lo pida. 

Correo: info@raulcremoux.mx

Twitter: @RaulCremoux

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