Opinión

Año nuevo

Tres años de hormonas enloquecidas la han descontrolado. Nunca fue de las mujeres que hacen de su ciclo el pretexto universal para la tristeza, la ira, la intemperancia o la inestabilidad. Durante muchos años fue fuerte y estable. Hoy pierde la brújula y los estribos con frecuencia. Se pregunta la razón de su intempestivo mal humor, de su impaciencia, de sus malos modos para decir lo que piensa, porque entiende que no puede ir por la vida victimizando a los que quiere con sus cambios de carácter; con sus ires y venires; con su decir y desdecir crónico.

Debe ser la suma de las cosas: las hormonas efectivamente están fuera de control, pero también la logística cotidiana, en la que casi no encuentra tiempo para respirar. Trabaja intensamente, duerme poco, se exige lo imposible. Y hace lo mismo con los demás. Ha entendido la vida como una lucha sin tregua y ha perdido la capacidad de relajarse. Necesita tintos y clonazepam para dormir unas cuantas horas cada noche. Siempre está preocupada por algo, por alguien. Dinero, permisos, trabajo, la vida sentimental de sus hijos, su vida amorosa, los problema de sus hermanos y amigos, la salud de su madre.
Sueña frecuentemente que vive en otra parte. Que es otra: esta sola, tiene una vida simple sin mayores sobresaltos, una casa sencilla y una vida modesta.

Entiende el sueño como una fuga de su realidad, porque sabe que jamás dejará de ser la que es. Quizá, eso sí, deba moderar sus ambiciones. Es que la vida se le escapa deseando más, queriendo que todo sea siempre mejor de lo que es. Y mirando al futuro, ha dejado de ver las escenas presentes, en las que hay muchas cosas buenas por las cuales sentirse orgullosa y agradecida.

También sueña que corre descalza por calles oscuras de la colonia en la que transcurrió su infancia. En el sueño tiene miedo de que algo malo le pase. Alguien la persigue y no logra correr con la rapidez necesaria. El sueño siempre acaba bien: logra llegar a un portón y descubre que nadie la persigue.

Es ella misma, que coexiste con un perseguidor interno implacable, que la crítica y la “invita” a mejorar, maltratándola. La voz que la sigue le dice que es incapaz, poco talentosa, una más del montón. Y como la voz es omnipresente y tiene tonos muy altos, opaca a las otras voces, que suavemente le dicen que sí hace bien las cosas, que es hermosa aunque no sea espectacular, que ha perseverado con tenacidad para lograr un lugar profesional y para ser una madre lo menos tóxica posible.

“Vivir en mi y no fantasear en ser otras. No buscar lo imposible sino la magia y la extrañeza del mundo en el que habito. Tener deseos de vivir, deseos de conocer y deseos de interesarme en el mundo”. Se encontró con ese fragmento de Pizarnik el primer día del año. Pensó que la única forma de equilibrarse un poquito y de apagar la voz del perseguidor, es aceptarse y aceptar el azar; todo lo que la vida tiene de incontrolable. Hacerse amiga de la improvisación con menos miedo al fracaso. Lanzarse a vivir, igualito que como lo ha hecho hasta ahora, pero con otro espíritu: el de la curiosidad, la paciencia, la aceptación de todo cuanto no tiene explicación; de todo lo que se sale de su cuadricula de obsesiva y rígida.

Uno puede ir a los mismos lugares y hacer las mismas cosas y amar a las mismas personas, desde un lugar diferente. Ese lugar se construye con flexibilidad y tranquilidad. La angustia, la exigencia brutal, las ideas preconcebidas sobre cómo deben ser las cosas , lo destruyen.

M. se sube a la ola de entusiasmo del año que empieza, con un sólo propósito: aligerarse la vida, enfocando su atención en lo que tiene, en lo que funciona, en los aspectos más positivos de su vida. No hace falta negar las dificultades ni los retos, pero necesita urgentemente, dejar de amplificarlos. Tiene un sólo propósito de año nuevo: ponerse lentes nuevos.

Psicoterapeuta sistémica y narrativa.
Conferencista en temas de salud mental.
valevillag@gmail.com
@valevillag