Opinión

Año nuevo, una oportunidad para el sentido existencial

     
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Año nuevo, 2017 (Shutterstock)

Las últimas semanas del año son agotadoras. Frenéticas. Salvajes. Y cuando el espíritu de celebración termina, también son melancólicas. Más gastados que de costumbre, con kilos de más, desvelados y tal vez crudos, pensamos en qué hemos hecho con nuestra vida en el año que se fue. Si hay un buen grado de autocrítica, veremos nuestros errores, nos dará vergüenza haber reaccionado tan mal con alguien que queremos, quizá sentiremos culpa por haber dejado sin resolver problemas que arrastraremos al siguiente año. Tal vez nos cuestionaremos sobre qué tan contentos nos sentimos con la vida que tenemos pero que también a veces, ocurre sin que podamos opinar. El factor inconsciente es un motor o un dique de la conducta que a veces ignoramos. Una vida feliz es el lugar común al que apelamos cuando planteamos los propósitos de año nuevo y en parte, proviene de la falta de aceptación de quienes hemos sido y seguiremos siendo. Y de la obsesión cultural con el cambio. Cuántas cosas deseamos que en realidad los demás desean para nosotros. Por ejemplo ser delgados o lucir atléticos. O ganar más dinero en vez de pensar en gastar menos. Hay tantas otras cosas en las que podríamos poner nuestra energía que no tienen que ver con nuestro aspecto o con poder comprar cosas caras que no necesitamos.

La vida feliz es la que se subdivide en propósitos de año nuevo: cosas que queremos tener, lograr, cómo nos queremos ver, cuántos negocios por cerrar.

La vida con sentido existencial es difícil de subdividir en propósitos o en objetivos cuantificables, porque se relaciona con una disposición a dar.

En muchos estudios se ha comprobado que la vida llena de sentido, no es la vida más feliz ni tampoco la menos problemática. Por ejemplo, los padres y madres son uno de los grupos menos felices pero que tienen más claro el sentido de sus vidas, cosa que a la larga los hace estar más satisfechos y tener menos sentimientos de vacío, que sí experimentan más frecuentemente las personas que han organizado su vida alrededor de sí mismas.

Es la búsqueda de la felicidad lo que frustra la felicidad. Muchos dedican largas horas de introspección y conversaciones terapéuticas o con amigos, para hablar de que no son felices en sus relaciones de pareja o en sus trabajos o en sus vidas todas. Mucho menos hablan de cuánto sentido existencial impulsa lo que están haciendo: amando a alguien a pesar de las dificultades, los defectos de ambos y las frustraciones inherentes al amor; desarrollando un trabajo que aunque a veces es cansado o rutinario, significa realización de capacidades, cultivo de la inteligencia, aprender a trabajar en equipo, adaptación a circunstancias hostiles. Enfrentando el reto de acompañar a los hijos para que se desarrollen en libertad. A veces la vida cotidiana es muy infeliz pero puede estar llena de sentido.

Quienes consideran que sus vidas tienen sentido, son aquellos que se dan a los demás y que a veces se sacrifican por el bienestar de un grupo. Martin Seligman lo describe como “usar las fortalezas y los talentos para pertenecer y servir a algo que es más importante, más grande que el bienestar personal”. Vivir una vida de sentido a veces cuesta la propia felicidad, porque implica compromiso, estrés, ansiedad y preocupación por el bien de otros. En parte, lo que nos hace humanos es que somos capaces de cuidar de otros y contribuir con causas colectivas.

Un vida con significado trasciende el presente y genera emociones duraderas. La gente se que se enfoca en el presente es más feliz, pero la gente que pasa más tiempo pensando sobre el futuro o sobre batallas y sufrimientos pasados, aunque menos feliz, siente tener más significado en su vida.

Los eventos negativos en la vida disminuyen la felicidad pero aumentan el significado. Quizá no haya nadie que valore más la vida que aquel que estuvo a punto de perderla por un accidente o una enfermedad. El sufrimiento, paradójicamente, aumenta el significado de la vida. Las personas que huyen sistemáticamente del dolor, puede parecer más contentas, pero están más vacías.

Quizá enero sirva para preguntarse cuánto sentido existencial hay en la vida que llevamos. Con cuánta aceptación o rechazo nos relacionamos con nosotros y con los demás.

Quizá con eso baste para arrancar un año más.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

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