Opinión

Año nuevo

 
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Objetivos Vale Villa

“De nuestras enfermedades, la más salvaje es desdeñar nuestro ser”, afirma Montaigne.

Quizá esta frase explique en parte la mentalidad pop de nuestro tiempo, que promueve el movimiento incesante, la acción, el cambio frenético, dejar huella, ser mejores cada día y mientras más rápido mejor. Casi un conjunto de frases publicitarias que no se parecen en nada a un modesto manualito sobre vivir. Las invitaciones a iniciar el año con espíritu ganador, con garra, con optimismo desbordante, no llegan siquiera a la categoría de ideas. De provocar reflexión, ni hablamos.

Nada tengo en contra de la alegría ni del esfuerzo y mucho menos de una sonrisa sincera. Lo que me resulta horrible es la propuesta de un programa oficial que ofrece, desde distintos lugares, respuestas categóricas sobre el sentido de la vida y sobre cómo ser unas nuevas personas en el año que comienza.

Quizá el problema sea que pensar en cambiar cuando empieza un año se ha vuelto un hobby vacío y no una disposición de ánimo profunda, de las que surgen después de un período largo de reflexión y autoobservación. Primero para entender, luego para transformar.

Un gordo siempre será un gordo en su mente aunque baje 30 kilos, si no hace la tarea de comprender su relación con la comida. Todas las tribus del mercado quieren vender algo: un nuevo hombre si empieza a correr; una nueva mujer después de un detox y 150 jugos bebidos; una persona nueva después del retiro de tres días en el que todos lloran sin parar y salen a pedirle perdón al mundo.

Continúa Montaigne: “Somos grandes locos. No he hecho nada hoy, decimos. Como si vivir no fuera la más ilustre de las ocupaciones”.
Tal vez ni usted ni yo lo habíamos entendido tan claramente: vivir es hacer, por el simple hecho de existir, pero parece que existir y ser no es nada. Hay que lograr que los otros lo noten: destacando, haciendo cosas extraordinarias y practicando la autovigilancia que susurra al oído que somos haraganes, poco productivos, buenos para nada, que perdimos el tiempo miserablemente, que hicimos la cuarta parte de todo lo que habíamos planeado.

Querer mejorar es humano; tener ganas de aprender e incluso de brillar, también. Basar en eso la valoración de nuestra vida es una frivolidad.

Montaigne nos enseña un antídoto para la neurosis obsesiva: “cuando bailo, bailo; cuando duermo, duermo”. Si la mente estuviera donde está el cuerpo sufriríamos menos pensando en lo que hubiera pasado de haber elegido diferente, en los lugares en donde decidimos no estar, en todas las muchas cosas que quisimos hacer y no fueron posibles.

Piense usted en el primer lunes del año y en la dificultad que tuvo para regresar al trabajo, a la escuela, a la rutina. Visto así, de modo aislado, quizá fue un día miserable. Visto con la mirada sabia del aforista, no deberíamos darnos el lujo de “ignorar y rehuir la vida como algo enojoso o desdeñable”. Hasta el primer lunes del año puede disfrutarse, aunque no hayamos hecho nada más que no morirnos: “A medida que la posesión del vivir se acorta, tengo que hacerla más profunda y plena”.

No importa qué tan rápido vivamos ni cuántos logros acumulemos. Vivir es más una experiencia de profundidad y plenitud que se alcanza en un espacio que no admite planes ni cálculos: en la improvisación para tomar un café a deshoras, en la escucha concentrada y curiosa de quienes amamos, haciendo sopa o descubriendo los secretos del silencio o de una mirada.

Cierra Montaigne: “Nuestra grande y gloriosa obra maestra es aprender a vivir”.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa.
Conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

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