Opinión

Año bisiesto

  
1
  

  

Todos deberíamos ser feministas

El 2016 fue el año más violento de la presidencia de Peña Nieto, y este que empieza es el undécimo de la estrategia que lanzó Felipe Calderón y que bautizó, probablemente en una descarga de testosterona, como “La Guerra contra el Narco”. Pero, como un cáncer en metástasis, este ataque sólo agravó la enfermedad y hoy día el saldo es dantesco.

Desde entonces, el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública estima que al menos 174 mil 652 personas han muerto debido a incidentes relacionados con la violencia, esto sin contar con los desaparecidos que, obviamente, también han ido en aumento.

El gasto público ejercido en las funciones de justicia y seguridad nacional supera 1.8 billones de pesos en una década, con un aumento en el consumo de drogas en la población mexicana y, obviamente, una expansión de los cárteles. Pero otro daño colateral menos obvio de esta espiral sicótica que se ha apoderado por igual de políticos, policías, militares y narcos ha sido un incremento en la violencia contra las mujeres.

En Todos deberíamos ser feministas, una presentación TED que después se convirtió en un libro, la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie (Enugu, Nigeria, 1975) avanza que nuestro entendimiento sobre el género no ha seguido la evolución de la sociedad, y que la única forma de cambiar esto es a través de la educación. A los niños se les impone una idea de masculinidad que es como una especie jaula, en donde aprenden a temerle a sus sentimientos, a su vulnerabilidad, a su expresión. Se les enseña a modificar su verdadera personalidad, y esta constante presión para acreditar su hombría se traduce en un ego frágil. Por ende, el paso siguiente es enseñarle a las niñas a acoplarse a hombres con egos frágiles. Se les enseña a no destacar, a no competir demasiado con los niños, se les custodia su sexualidad, se les dice que las otras mujeres son competidoras en la carrera por casarse, se les enseña a no tener deseo, a convertirse en mujeres que hacen del simular una forma de arte.

El arte es una forma de restaurar las relaciones humanas, afirmaba Louise Bourgeois (París, Francia, 1911) quien provenía de una familia de tejedores, y cuyas piezas más reconocibles son sin duda las gigantescas esculturas de arañas llamadas Mamá, como la que se mostró en la explanada de Bellas Artes, a finales de 2013. En la extensa obra es esta artista, que incluye dibujos, esculturas, tejidos, siempre fueron subyacentes temas como el sexo, el miedo o la rabia. En la pieza Seven in bed, una escultura de siete muñecos andróginos tejidos, cuyas costuras podrían hacerlos pasar por cadáveres, la elección del material y las formas dan una ambigüedad plástica que permite el pasar de un tema a otro, de una configuración a otra, que se complementan y finalmente se funden. Bourgeois siempre reclamó su estatus de artista, ante el de 'mujer artista', y fue la primera mujer en tener una retrospectiva en el MOMA de Nueva York, en el 82, a la edad de 71 años. Es decir que alcanzó la madurez artística después de la maternidad, de la menopausia y de la viudez.

Desde entonces, ha habido un esfuerzo sostenido de las artistas por cuestionar y cambiar los roles asignados por la sociedad. Las expectativas de género parten de cómo deberíamos de ser en vez de cómo queremos ser; y como lo define Adachie, un feminista es un hombre o una mujer que cree en la habilidad del ser humano para reinventarse y hacer este mundo un lugar mejor.

También te puede interesar:
Felices fiestas
El arte de recortar
Circuito cerrado