Opinión

Ancianito

 
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El nuevo presidente del PRI plantea crear una Comisión Anticorrupción al interior de su partido. (Eladio Ortiz)

Con un abrazo para Jesús Silva-Herzog.

El PRI celebró este fin de semana su cumpleaños 88. Llega a él en malas condiciones, como es sabido, por muchas razones. El presidente Peña Nieto tiene la popularidad más baja de la historia, y el PRI se le acerca mucho. Es posible que durante febrero hayan mejorado un poco (como ocurrió con la confianza del consumidor), conforme el gasolinazo se olvida un poco, y el dólar se abarata otro tanto, pero de cualquier forma hablamos de números inferiores al 20 por ciento de apoyo.

Como usted sabe, el PRI fue creado, en una primera versión, en 1929. Ese partido, el Nacional Revolucionario, no me parece que pueda considerarse antecedente directo del PRI, en tanto que no se trataba de un partido corporativo, como sí lo ha sido el Revolucionario Institucional. El PNR fue más bien una gran mesa de negociación que le permitió a Plutarco Elías Calles procesar el asesinato de Obregón y mantener el poder detrás de bambalinas por un sexenio completo. El verdadero padre del PRI es el Partido de la Revolución Mexicana, creado en 1938 por el general Cárdenas, poco después de haber consolidado su figura con la nacionalización de la industria petrolera. En los tres años previos, Cárdenas corporativizó a los mexicanos, y con base en esas corporaciones, y el esqueleto del PNR, creó a un partido sumamente exitoso, si bien no democrático.

Aunque se sigue celebrando al régimen de la Revolución, y a su partido, me parece que no tenemos nada que reconocerle. Cuando uno compara el desempeño de México con otros países parecidos durante el siglo XX, es claro que fuimos un fracaso. No crecimos más ni avanzamos más en educación o salud, y sobre todo no hubo avances claros en reducción de pobreza o igualación de ingresos. Lo que sí ocurrió es que la forma de gobierno del régimen fue destruyendo al país. Agotamos los recursos, sobrepoblamos las ciudades (además, sin planeación alguna), y todo ello ocurrió a través de un sistema de control político basado en la corrupción y el adoctrinamiento (a través del sistema educativo). Por eso creo que tiene razón Peña Nieto cuando dice que la corrupción es algo cultural en México. Sí lo es, y es una cultura creada e impulsada por el PRI.

Los gobiernos de Echeverría y López Portillo tensaron tanto la cuerda, que de su rompimiento nos quedaron dos partes del PRI: el nacionalismo revolucionario, convertido en PRD, y la 'política moderna', con el membrete del PRI. Ahora, buena parte de ese nacionalismo revolucionario ha dejado ya al partido que le dio cobijo, para construir uno nuevo: Morena. Y visto así, el escenario político nacional se sigue definiendo por el régimen revolucionario.

Heredamos de ese régimen la ausencia del Estado de derecho, que en parte es corrupción y en parte inseguridad. Y ya hemos comentado que esos dos temas serán precisamente los que definan la elección de 2018. Sigo pensando que no será la economía lo relevante, puesto que ésa ya ha dividido al país en dos partes: una exitosa y la otra no.

La caída de popularidad de Peña Nieto parece haber ocurrido alrededor de estos dos temas: primero con la 'casa blanca' y muy poco después con la masacre de Iguala. Y no ha podido recuperarse, porque no se reducen ni corrupción ni inseguridad. Y puesto que no parece que estos dos asuntos puedan mejorar significativamente en los próximos meses, el PRI tendrá que usar todo lo que le quede de sus viejas mañas para evitar una derrota definitiva.

No sé si a los 88 años pueda una organización cambiar su esencia. Si no puede, dudo que cumpla noventa.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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