Opinión

Anatomía de las humanidades

 
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Justo Sierra. (conexiones.digital)


Uno. Quizá para usted, amable lector de El Financiero, el vocablo Humanidades resulte vagaroso; en el mejor de los casos, asunto de estimativa (valores), en el peor simple ejercicio de auto-ayuda. Cuando, en los que se refiere a las Humanidades universitarias, no obstante su ya larga crisis de identidad social, tienen como eje las condiciones y problemas nacionales.

Dos. Las condiciones y problemas nacionales de un México, el de 2016, en plena decadencia (Estado y Sociedad, Gobierno y Partidos), en creciente “desencanto”, de infatigable “mal humor social”.

Tres. Como suele decirse “y pa’cabarla de amolar”, al problema de la vaga percepción general de las Humanidades, se agrega otro, intestino, La equiparación, para efecto de medida y otorgamiento de recursos, de las Humanidades con las Ciencias (exactas y naturales). Quehaceres, ambos, que si bien hablan del retroceso o avance de un país, guardan esenciales y específicas diferencias.

Cuatro. Aunque expresado de mil y una maneras, en privado y en público, el problema derivado de tal equiparación, en bulto, sin matices, no hace más que enconarse. Quizá, como en el caso de PRI (abuelo: PNR) y el PAN, los verdaderos partidos en contienda, auxilie a su mejor análisis el regreso a los orígenes.

Cinco. En la Universidad pública mexicana moderna, a partir de 1910, confluyen varios modelos. El ancestral español, el francés, el alemán y el norteamericano.

Seis. Desechado el español (la nueva Universidad, dijo Justo Sierra, su artífice, no tiene pasado); presente el francés de profesiones en las Escuelas Nacionales (médicos, abogados, arquitectos, ingenieros); priman los modelos alemán y norteamericano.

Siete. Subrayo algunos rasgos salientes de ambos prototipos, en el contexto de las Humanidades. Rasgos generales y su versión mexicana.

Ocho. En el alemán, la investigación, una investigación de corte científico, positivista. Que, en las letras, privilegia la filología o crítica textual de obras clásicas; en la filosofía, paradójicamente, entre nosotros, su regreso a las aulas; y, en la historia, la verdad exacta, documentada, del acontecer. El pasado como realmente fue.

Nueve. En el norteamericano, el acento, no sólo en la antigüedad clásica, sino en la modernidad entendida como lo último, lo del día. Presupuesto de lo que serán los Estudios Culturales, a los que marcará además la corrección política de coyuntura. Lenta, en cambio, ha sido en el campus mexicano, la importación, al académico, del ámbito de la creación viva. Literaria, plástica, musical. Excepción hecha del proyecto de Ciudad Universitaria (Rivera, O’Gorman, Siqueiros), de Difusión Cultural, del excepcional Espacio Escultórico.

Diez. Dejo para otra ocasión el comentario sobre un riesgo: la sobre-producción textual (interpretaciones que procrean interpretaciones, hasta suplir la obra original) de las Humanidades universitarias.

Once. Lo que me interesa es una interrogante, que tomo de George Steiner. ¿Qué lugar guarda la Creación, la auténtica, en la ciudad de nuestros días convulsos, de tiempo real, inabarcable información de todo? Sobre la base de que Lenguaje y Forma, insumos de las Humanidades, expresan trascendencias. Porque al significado y al significante, menester es añadir la significatividad. Homero pero también Ulises son presencias reales. Y Juan Rulfo y Pedro Páramo. Y el mural único (¿su mejor mural?) que Diego pintó en el Hotel del Prado (de indeleble memoria capitalina). Y los danzones de Márquez. Cuestión (cuestiones) de política social, educativa. Estratégico, sanador me atrevería a decirlo, es no olvidarlo.

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