Opinión

Anacrónicos

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Enrique Peña Nieto antes de iniciar el Tercer Informe. (Cuartoscuro)

El nuevo decálogo presidencial, como veíamos el viernes, es una mezcla de ofertas anteriores, anuncios presupuestales, y algunas otras cosas. Para verlo con más claridad, digamos que hay dos medidas que tienen que ver con el Estado de derecho (avanzar en el proceso de las reformas en esa área y el acuerdo para la justicia cotidiana), que ya había anunciado hace diez meses. En ellas hay avances importantes desde entonces, pero falta un buen trecho.

Después vienen dos medidas asociadas al fomento económico o social, que analizaré un poco más adelante. Le siguen tres relativas a educación: los bonos para infraestructura educativa, el programa de inglés y la creación de la Secretaría de Cultura. El primero suena muy bien, aunque como indicaba Enrique Quintana el viernes, hablamos de 37 mil escuelas que requieren apoyos de este tipo, y los bonos serán por 50 mil millones. No es mucho lo que le toca a cada una, pero de algo servirá, no lo dudo. El programa de inglés urge, y lo de la Secretaría de Cultura ya lo han aplaudido los “creadores”, que suelen ser muy críticos de los gobiernos, salvo cuando les destinan recursos.

Finalmente, tres medidas acerca de las finanzas públicas: que habrá estabilidad (es decir, austeridad), que tendremos una Fibra para la inversión en infraestructura, y por si hubiera duda, que habrá austeridad. Nada que objetar a estas medidas, y a partir de mañana que tengamos datos del Presupuesto, ya podremos revisar qué exactamente significan.

Pero quisiera detenerme en las dos medidas de fomento económico, o social, que anunció el presidente. Una, la concreción de las zonas económicas especiales que también había anunciado hace un año y que tienen como objetivo impulsar entidades federativas muy rezagadas. La otra, un programa de fomento a pequeños productores rurales. En ambos casos creo que se trata de respuestas anacrónicas, que además han demostrado su inutilidad en repetidas ocasiones.

La insistencia en promover el campo mexicano tiene su origen, creo yo, en el mito revolucionario. Puesto que una parte, muy pequeña por cierto, de los revolucionarios de 1910 querían reforma agraria, y puesto que más de dos terceras partes de la población de entonces estaba ligada al campo, se nos quedó la idea de que el campo es parte de la identidad nacional. Pero si eso pudo ser cierto en algún momento, no lo es desde hace décadas. Aunque sigue habiendo una cantidad importante de mexicanos viviendo en pequeñas comunidades (24 por ciento de la población vive en localidades de menos de dos mil 500 habitantes), no somos ni un país rural, ni uno dedicado a producir en el campo.

Por otro lado, la insistencia en el mito indigenista (también propio del viejo régimen), nos ha hecho creer que este país sirve para producir maíz. No es así. No hay duda de que aquí se domesticó esa planta, y que era la base de la alimentación antes de la Conquista y sigue siendo muy importante hasta hoy. Pero una cosa es comerlo y otra producirlo, y más cuando hablamos de alimentar a más de cien millones de personas. Aunque hay algunas regiones del país con vocación para producir el grano, la mayor parte del territorio nacional no se presta a ello. Y no existe manera de que ese 24 por ciento de la población pueda vivir bien si el campo produce apenas 4.0 por ciento del PIB. En el mejor de los casos, tendrán siempre un 1/6 del ingreso promedio nacional.

Un programa en serio debe considerar la promoción de otros cultivos, y la migración a zonas urbanas medias. Exactamente lo contrario de lo que han hecho siempre. Una buena oportunidad de mostrar que ya no son el viejo partido del viejo régimen. Veremos.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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