Opinión

Amor y muerte

 
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San Gregorio

Al acercarse la fiesta de los fieles difuntos, que en México es una fiesta nacional, parece oportuno hacer una reflexión sobre nuestra condición mortal.

En el anterior ensayo recordamos la frase de Rilke en la que nos dice que todos recibimos dos regalos: el del amor y el de la muerte, pero que frecuentemente no abrimos los paquetes. Lo que Rilke no dice, es que ambos regalos pueden venir en un mismo paquete.

En efecto, el amor y la muerte los encontramos frecuentemente unidos en una singular y misteriosa simbiosis. Un aforismo latino observa que “un abismo llama a otro abismo”, y en nuestro caso, el abismo de la muerte y el abismo del amor mutuamente se invocan. En las obras literarias del romanticismo, el amante desea morir en brazos de la amada. Esto se encuentra en Tristán e Isolda, Romeo y Julieta, la Grazziella de Lamartine, Atala de Chateaubriand y el Werther de Goethe, entre otros. Shakespeare escribió: “¡Oh amor! ¡Oh vida!/ No hay vida/sino amor en la muerte.”

También en la mitología griega, paradigma del drama humano, encontramos con cierta frecuencia el tema de amor y muerte. En Eros, hijo de Afrodita, diosa del amor, y de Marte, dios de la guerra, percibimos en ciernes, en su genealogía, el drama de amor y muerte.

De modo más claro en Eros y Psyché tenemos el mito más elocuente y aleccionador sobre el amor y la muerte. Psyché es una princesa tan bella que provocaba celos aun a la misma Afrodita. Ella envía a su hijo para hacer caer a Psyché en un amor conflictivo. Sin embargo, Eros se enamora perdidamente de Psyché, y ella después de varias peripecias se sitúa al borde de la muerte. A la postre, Eros consigue de Zeus el permiso de poder casarse con una mortal. En consecuencia, el amor no puede acabar en la muerte y los dioses son impotentes ante el amor.

Si pasamos de la literatura y de la mitología a la realidad, nos encontramos con la muerte del ser querido. El recuerdo de la muerte de los seres queridos es una expresión de amor. Más aún, de modo trascendente, el filósofo de Hipona nos enseña que: “no pierde a los que ama quien los ama en Aquel que no se pierde”.

La más elevada medida del amor es dar la vida por los amigos. En los recientes sismos algunos rescatistas o familiares, arriesgaron su vida para salvar la de los demás. El Ing. José Carlos N. logró salir de su oficina, pero regresó a ella para salvar a su padre, sin embargo, los dos murieron. Así mismo, en el umbral de un edificio que se derrumbó, fueron encontrados casi pulverizados los dos esposos y su hijo, fuertemente abrazados. Nos recuerda este hecho la frase de Quevedo en su soneto “Amor constante, más allá de la muerte”: “serán polvo más polvo enamorado”.

El notable filósofo francés Gabriel Marcel sostiene que “amar a otro, es decirle, tú no morirás”. Contra la ideología cientista, él cree en la eficacia metafísica del amor, en la trascendencia de la vida, en la presencia superior, más allá de la presencia en el recuerdo del “non omnis moriar” del poeta latino Horacio. El amor es más fuerte que la muerte se dice en el Cantar de los Cantares, y Unamuno impulsado por su profundo deseo de inmortalidad escribió: “hay que ganar la vida que no fina/ con razón, sin razón o contra ella”.

Estas polifacéticas manifestaciones de amor por sus seres queridos, las expresa el mexicano en sus ofrendas, en la fiesta del dos de noviembre. 

*Profesor emérito de la Universidad Iberoamericana.

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