Opinión

AMLO: Por qué no

    
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AMLO en mintin político. (Eladio Ortiz)

López Obrador tiene, sin duda, altas probabilidades de ganar la presidencia en 2018. Pero nada está definitivamente escrito. Y precisamente por eso, porque la fatalidad se puede evitar, es indispensable señalar las razones fundamentales por las que la victoria de AMLO sería un desastre para México.

Las enumero.

1. La transición política a la democracia ha corrido paralelamente al debilitamiento del marco legal e institucional o, cuando menos, al no fortalecimiento del mismo. Por eso se puede hablar de un Estado de derecho quebrado. Pero AMLO no tiene siquiera registrada esa problemática. Y no sólo eso. Él mismo, por su temperamento y formación, ha mandado una y otra vez “al diablo las instituciones” y las ha dinamitado por mano propia, como hizo con el IFE después de la elección de 2006.

2. La debilidad del Estado de derecho, cada vez más acentuada, se ha traducido en un altísimo grado de impunidad. El 98 o 99 por ciento de los delitos no se castigan. La ola de violencia que hemos vivido en el país no tiene precedente y una de las causas principales de ese tsunami es que el crimen en México sí paga y quien delinque no sufre castigo alguno. Ante esta realidad, AMLO tiene un diagnóstico entre ingenuo y tonto que se sintetiza en la frase: la violencia no se combate con violencia, que equivale a abdicar la responsabilidad primera del Estado: aplicar la ley y sancionar a quien la viole.

3. Los altos y escandalosos niveles de corrupción son otro de los corolarios de la impunidad, como bien lo saben Duarte, Borge y, por supuesto, Ebrard. No hay ley ni castigo para el patrimonialismo voraz que se ha vuelto cultura y práctica de toda la clase política. Pero el diagnóstico de AMLO es, de nuevo, simplista: todo se reduce a “la mafia en el poder”. De modo tal que si 'la mafia' es derrotada, y sobra decir que él y sólo él es capaz de enfrentarla, la corrupción será erradicada por arte de magia o, más bien, por él mismo barriendo, desde arriba hacia abajo, como se hace con las escaleras. El problema está en la experiencia de su jefatura de Gobierno que, pese a la “honestidad valiente”, no erradicó la corrupción de la Ciudad de México ni de su entorno más cercano, como lo ejemplifican los casos de Bejarano y Gustavo Ponce.

4. En lo que se refiere a su oposición radical a las reformas estructurales, sus propuestas son particularmente aberrantes. La estrategia en materia educativa ha sido y es una alianza con la CNTE, que se niega a cualquier forma de evaluación y defiende la venta y herencia de plazas, amén de los escándalos de corrupción y violencia que involucran a los cuadros directivos del sindicato.

5. En lo económico, sus tesis son alucinantes. AMLO pretende enfrentar los problemas del siglo XXI con las recetas del viejo nacionalismo revolucionario, que tuvo uno de sus momentos más conspicuos en los gobiernos de Luis Echeverría y López Portillo. Los principios esenciales de ese modelo fueron: el proteccionismo, la intervención indiscriminada e irracional del Estado en la economía y, por supuesto, el enorme grado de discrecionalidad que se depositaba en el presidente de México. Por lo que no sobra recordar que ante el colapso del modelo, Echeverría y López Portillo, últimos representantes de los gobiernos revolucionarios, según AMLO, respondieron con sendas expropiaciones violando la Constitución.

6. AMLO se precia ahora, a los 63 años, de haber cambiado. Y como ejemplo de esa nueva aura predica la república del amor, que entre sus gestos amorosos incluye, por cierto, la amnistía anticipada a los integrantes de “la mafia en el poder”, una vez que gane la presidencia de México. El contrasentido de la oferta es patético: porque si es cierto, todo el programa de erradicación de la corrupción, que dependerá de él y sólo de él, se viene abajo. Pero más allá de eso, el nuevo AMLO tiene los tics y los reflejos del viejo. Y no voy muy lejos: en la entrevista reciente que le concedió a León Krauze tuvo la desmesura de comparar el sistema electoral mexicano con lo que ocurre en Venezuela y concluir que el régimen de Maduro es más democrático.

En suma, el ADN es el ADN y, por lo demás, nadie cambia a los 63 años. Así que, ¡aguas!

Twitter: @SANCHEZSUSARREY

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