Opinión

AMLO: en caballo de hacienda

 
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AMLO

No existe círculo político en México donde no se hable de la inevitable victoria de Andrés Manuel en 2018. Después de conversaciones con legisladores quienes señalan la gravedad política para otros partidos, algún gobernador, empresarios y –mire usted ¡hasta banqueros!– AMLO parece hoy, febrero del 2017, imbatible.

Intensa campaña entre círculos privados de inversionistas y empresarios a quienes se difunde la idea y el concepto de la tranquilidad, de la continuidad, del respeto a las instituciones, del no rompimiento del orden constitucional, de la imposible puesta en marcha de una corriente de izquierda radical al estilo latinoamericano –como en Venezuela, Nicaragua o Bolivia, o alguna otra tierra de cacicazgos antidemocráticos. Se habla del modelo brasileño del primer Lula –a estas alturas de desprestigio y corrupción, bastante impresentable también– de una izquierda moderna, dialogante, parlamentaria, promotora de la inversión. No se habla y de hecho se elude cualquier alusión a una izquierda expropiadora, estatista, promotora de la deuda excesiva para financiar programas sociales.

El descrédito del PRI va en aumento. El derrumbe en las preferencias electorales –según encuestas nacionales de El Financiero– señala al partido del presidente en un tercer lugar de inclinación al voto, después del PAN y de la refulgente fuerza de Morena. El PRD, desfondado, relegado a un distante cuarto lugar. Estos son los números más recientes del Estado de México, pero son coincidentes al panorama nacional, con diferencias regionales.

¿La baja popularidad del presidente arrastra al partido, o es el descrédito del partido el que golpea y afecta al presidente? A estas alturas, es irrelevante, porque tal vez se trata de un binomio de daño compartido, especialmente después de los escándalos Duarte, Medina, etc.

La decisión del gobierno de no detener y apresar de inmediato a Javier Duarte y prevenir su fuga, ha dañado significativamente la credibilidad priista. Veremos si el candidato Del Mazo tiene la fuerza, el colmillo y el arrastre para remontar los números adversos.

Desde ahora podemos adelantar: si Delfina triunfa en el Estado de México, podemos ir colocando la anhelada banda presidencial –esta sí, la auténtica– en el pecho de Andrés Manuel.

Con todo no puedo dejar de señalar que esta es una película que ya vimos los mexicanos. En el 2005 y principios del 2006, escuché a líderes de empresa presentar en círculos cerrados a Andrés Manuel como “el próximo presidente de México”, dando por sentada su victoria en las elecciones que perdió frente a Felipe Calderón.

El peor enemigo de Andrés Manuel es él mismo –se ha dicho hasta la saciedad– sus ocurrencias, sus declaraciones viscerales: “lo que diga mi dedito”, “al diablo las instituciones”, “¡cállate chachalaca!” y tantas otras, fueron determinantes en su derrota.

Dicen que aprendió, él mismo dice que ha aprendido de sus errores.

Que es más mesurado, templado, sensato, más hombre de Estado que líder social, más presidenciable.

Lo entrevistamos en “La Silla Roja” en diciembre pasado, lo vi profético, amoroso, sin las diatribas contra la “mafia del poder” o “el complot para destruirlo”. Siempre que asume esa posición conciliadora, valora su ventaja y su liderazgo en las preferencias. Veremos cómo se comporta en los siguientes meses.

Por lo pronto hoy se encuentra en reuniones y acercamientos con empresarios, banqueros, líderes del sector privado, sus enemigos naturales, a quienes ha agraviado en múltiples ocasiones. Su mensaje es conciliador, de unidad nacional, de combate a la corrupción.

Si las elecciones fueran este domingo, ganaría por una ventaja considerable, especialmente porque no se conocen sus opositores.

Sin embargo se escuchan voces y segmentos antes distanciados y decepcionados del tabasqueño, que hoy reconsideran su apoyo, lo evalúan como una alternativa ante un PRI en el descrédito, un PAN dividido por personalismos y un PRD en caída libre.

Twitter:@LKourchenko

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