Opinión

Amenaza del Estado Islámico

Para Occidente y la mayoría de quienes vivimos en este lado del planeta, resulta con frecuencia incomprensible el mundo islámico. Confundimos árabes con musulmanes, ayatolas con talibanes y organizaciones tan disímbolas y complejas como Hamás con Al Qaeda.

En el amplio espectro de organizaciones militares o paramilitares, guerrilleras y hasta terroristas, existen sensibles variaciones relacionadas con sus lealtades (sunitas o chiitas), su ideología y de forma muy marcada, su interpretación del Corán y de la ley islámica (Sharia).

Entre las múltiples causas de nuestra confusión está en buena medida el efecto que la corriente mediática estadounidense ha ejercido por décadas en América Latina. Lo cierto es que hoy, por primera vez en muchos años, tal vez desde la auténtica amenaza para la seguridad que representó Al Qaeda, Washington, la Unión Europea, pero sobre todo el propio mundo árabe, enfrentan la más grave amenaza a su estabilidad.

El grupo yijadista Estado Islámico ha lanzado una ofensiva de dimensión sin precedente en Siria y el noroeste de Irak. Ha puesto en marcha un aparato de terror insospechado, asesinando a sangre fría, ordenando fusilamientos masivos, decapitaciones, enterrando vivos a sus opositores, la venta de mujeres y niñas como esclavas sexuales y otras prácticas de crueldad. Con astucia se ha valido de la difusión vía redes electrónicas de estos actos, con lo cual ha cumplido con el precepto principal de una organización de su perfil: sembrar el terror.

A sus opositores (yazidíes, cristianos, turcomanos, chiitas) sólo les queda “convertirse o morir”. Contiene los elementos de una guerra religiosa, aunque no lo es. Su estrategia consiste en atacar a minorías para inflamar odios sectarios y así debilitar a los Estados árabes.

Han cobrado celebridad con las trágicas decapitaciones de dos periodistas estadounidenses: James Foley y Steven Sotloff, con lo que han provocado niveles máximos de alerta en Gran Bretaña y Estados Unidos. Desde la toma de Mosul (segunda ciudad de Irak) el Estado Islámico se apoderó de bancos, refinerías y gasoductos, con lo que controla activos por más de dos mil millones de dólares según cálculos europeos. Vende petróleo y gas a menos de la mitad de su valor en el mercado negro, con lo que se hacen de recursos frescos. Usa técnicas terroristas, con una ideología ultraconservadora de interpretación “literal” –con frecuencia descontextualizada- del Corán. Tienen conocimiento de sofisticada táctica militar y financiamiento.

Los fondos iniciales que impulsaron su crecimiento provienen de robos, secuestros, extorsiones y donaciones –realizadas por jerarcas sunitas y poderosos empresarios en su mayoría sauditas. Hoy reclutan voluntarios en Líbano y Jordania, en busca de simpatizantes y seguidores para incrementar sus fuerzas a las que ya se han sumado voluntarios de varios países europeos, estados Unidos y afirman incluso que de Australia. Se calcula que no son más de 15 mil combatientes, pero que hoy pretenden extender sus lazos de influencia y poder a todo el mundo árabe. Han declarado un califato, un gobierno islámico que no reconoce las actuales fronteras, estados, gobiernos o banderas.

Luchan en Siria contra el autoritario régimen de Bashar al-Assad y han tomado el control de 30 por ciento de un Irak desmantelado después de la inútil invasión americana. Son independientes, no reconocen la autoridad de Al Qaeda, aunque son una célula desprendida de esa organización. No hay supremacía árabe que ejerza influencia sobre ellos. Se escudan en población civil, gobiernan una región que es tres veces Líbano y se mueven como guerrilla rural, no reconocible, camuflada. Esta es hoy la mayor amenaza a la seguridad que tiene a Washington, Londres, Bruselas o París en estado de alerta.

Twitter: @LKourchenko