Opinión

Amalgama

A las manos de Gil llegó el más reciente libro de cuentos del escritor brasileño Rubem Fonseca: Amalgama, publicado por Cal y Arena. Los viernes verdaderos Gil va con amigos, ¿o cómo era? ¿Y el Glenfiddich 18? Gamés leyó esas páginas con ansiedad hasta que no tuvo nada entre las manos de este breve libro de relatos audaces, locos, felices. Estos son los subrayados que Gilga ofrece sin vender ninguna de las tramas de estos relatos estrafalarios.

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Tiendo a ser prolijo, uso más palabras y frases de las necesarias y termino por ser enfadoso. No existe nada peor que leer un texto aburrido. Por eso intentaré ser lo más conciso posible al narrar esta historia.

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Nunca le veo el ombligo, la blusa apenas deja ver cuatro dedos del vientre y de la espalda. Ella es blanca, o alba como un lirio, tiene el brillo de la sangre que se desliza debajo de la piel que no sé como describir. Dan ganas de olerla, de lamerla. A veces la blusa que lleva permite ver la hendidura que separa los senos, y puedo imaginar la curvatura, la sinuosidad que termina en los pezones. Siento algo más que deseo, siento estupor cuando imagino sus senos. ¿De qué color son los pezones? Deben ser del mismo color que la areola. Su pelo es castaño oscuro, las areolas y los pezones deben ser de un color rosa pálido. En la Biblia se ha dicho todo: “Es toda bella, mi amada ¡y no tiene un solo defecto! Sus senos son dos cachorros, hijos gemelos de la gacela pastando entre azucenas…”. No debo dejar que perciba lo que siento.

¿Te sientes bien?, pregunta ella.

Me duele la cabeza, respondo.

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Siempre hay un enano entrometiéndose en mi vida. Ya incluso maté a uno y lo metí en una maleta. Me quedé un día y una noche sin saber qué hacer con ese equipaje (…) Después les cuento lo que hice con la maleta. La mujer no quiso saber más de mí, y yo la amaba, o por lo menos comencé a amarla después de que me abandonó.

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Se llamaba Margarida, pero me pedía que la llamara Margô. Y pedía que lo escribiera Margaux. Le conté que ese nombre era de un lugar de Alsacia, donde producían el vino Château Margaux, por cierto muy bueno, y le dio un ataque de histeria (el primero) gritando, mi nombre es Margaux, con a-u-x, hasta que me arrodillé a sus pies diciendo Margaux, Margaux, Margaux, letra por letra, y hasta entonces se sosegó.

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El amor no es para ser entendido, es para ser sentido.

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Todos tenemos un sueño. Unos queremos viajar, otros comprar una casa, un automóvil, casarnos, tener hijos. Ah, me gustaría tener un sueño sencillo como esos, pero desafortunadamente mi sueño es más complicado. Comenzó en la adolescencia. Pero no sé porqué empecé a soñar con eso. ¿Será porque soy huérfano? ¿Será porque soy tartamudo? Pero fui tartamudo poco tiempo, un año, dos, quizá ni eso. Hoy soy capaz de recitar Las Lusíadas completas, sin tartamudear, o sea, si supiera Las Lusíadas de memoria y tuviera un ejemplar del libro en mi casa.

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Escribir es urdir, tejer, zurcir palabras, no importa si es una receta médica o una pieza de ficción. La diferencia es que la ficción consume cuerpo y alma. La poesía también podría incluirse aquí, si los poetas no tuvieran pacto con el diablo. El narrador mientras mejor es, peor le va, sufre más, después de algún tiempo no soporta el ahogo. Los más sensatos, si es que podemos llamar sensatos a estos individuos –ya dije antes que todos los escritores están locos–, los que conservan algún juicio, que son pocos, desisten en el auge de su carrera, dicen basta, para desesperación de sus admiradores. Los demás, cada vez más desesperados por esa insana actividad, se tiran a las drogas o se suicidan.

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No me importa si es el fin de todo o el principio de algo. ¿Quién está a la espera, el cielo –lugar de buenaventura, de felicidad completa que van las almas de los justos– o el infierno, ese lugar subterráneo habitado por los demonios?
Me miró, escupió sangre y dijo:
Eeainadaa.

Vomitada sangre. Habla despacio, le pedí.

Lo repitió lentamente. Esta vez, incluso con los borbotones, entendí:

Vete a la chingada.