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OEA

Si la enfermedad de nuestro tiempo es la desconfianza, la principal consecuencia es la contradicción como política pública. No pasa una semana en la que no iniciemos con un nuevo escándalo, que afecta por siete días a la estructura de gobierno y al sistema político en pleno, cuando las mismas reacciones generan una confusión mayor.

Con pocas variantes, el primer paso de este sistema es negar la crisis cotidiana. Si periodistas se levantan para demandar el esclarecimiento del asesinato de uno de sus colegas, la foto oficial sólo muestra una toma cerrada de los funcionarios en conferencia.

De la misma forma, justo en el día en que se celebra la libertad de prensa, la imagen de un conocido comunicador levantando una pequeña tela, pero rodeado de elementos de seguridad, refleja más una petición de tregua que la protesta legítima de un gremio amenazado.

Con esas postales frescas aún en la memoria, el lunes empieza con el sismo social de rigor: según publica un diario internacional, por medio de un sofisticado programa de intervención electrónica se espía a líderes de opinión, activistas y miembros de la sociedad civil. No tarda mucho la respuesta por escrito de un funcionario de segundo nivel a una acusación de primera línea.

Al día siguiente se multiplican las opiniones respecto de la veracidad de la noticia, las cuales dejan la sensación de que, como sociedad, sólo estamos de acuerdo en no estarlo. Por su lado, la Asamblea de la OEA en Cancún termina en la misma escena desordenada en la que se ha convertido el mundo. Vemos mucho para afuera, resolvemos poco adentro. En el fondo, todo sigue igual que siempre.

Sin duda, lo opuesto a resolver los problemas es la simulación. Fingir que avanzas a pesar de que la realidad demuestre lo contrario. Nuestro obstáculo desde hace tiempo es la falta de voluntad y compromiso general.

Mi esperanza era que los cambios en el sistema político de los Estados Unidos serían un propulsor para caminar juntos, no un elemento adicional de fragmentación. En el desconcierto nacional, los ciudadanos estamos a la expectativa de encontrar una opción, por mínima que ésta sea, para sentirnos auténticamente representados.

No creo que la tengamos a la mano en este momento, porque se trata de un problema del sistema mismo, más que de sus integrantes. Es tarea de la mayoría de nosotros (los desencantados, escépticos y desilusionados) construir una alternativa justo donde parece que el modelo actual se agota.

Twitter: @LuisWertman

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